El Ártico, cambio climático y geopolítica

  27 Ene 2026 

Por Álvaro Viloria Romero *

Durante buena parte de la historia contemporánea, el Ártico fue percibido como un espacio periférico, climáticamente extremo y geopolíticamente marginal. Sin embargo, el acelerado calentamiento global está transformando esta región en uno de los escenarios estratégicos más dinámicos del Siglo XXI.

La rápida pérdida del hielo marino, la degradación del permafrost (capa de suelo que permanece congelada) y los cambios ecológicos profundos están reconfigurando las condiciones físicas y humanas del Alto Norte, abriendo simultáneamente oportunidades económicas (hidrocarburos, minerales críticos, nuevas rutas marítimas) y generando vulnerabilidades geopolíticas cada vez más evidentes.

El Ártico, lejos de ser un vacío inerte, se ha convertido en un espacio donde convergen intereses estratégicos de potencias árticas y extrarregionales, desafíos ambientales globales y la necesidad urgente de fortalecer mecanismos de gobernanza. La transformación climática, la competencia geopolítica y las tensiones institucionales definirán el futuro del Ártico.

Transformación climática y vulnerabilidad ambiental
El Ártico se calienta aproximadamente tres veces más rápido que el promedio mundial, fenómeno conocido como “amplificación ártica”. Esta aceleración resulta de procesos como la reducción del albedo por la pérdida de hielo, la mayor transferencia de calor desde aguas libres de hielo y cambios atmosféricos que intensifican la retención de calor. Desde 1979, la extensión mínima del hielo marino estival ha disminuido más del 40%, y diversos modelos climáticos coinciden en que el Océano Ártico podría experimentar veranos prácticamente libres de hielo entre 2035 y 2050, dependiendo de la trayectoria de emisiones.

Los impactos ecológicos son severos. Especies dependientes del hielo (oso polar, morsa, narval y focas anilladas) enfrentan una pérdida acelerada de hábitat. La acidificación del océano y la alteración de las cadenas tróficas amenazan ecosistemas marinos que ya operan cerca de sus límites fisiológicos. El deshielo del permafrost, que almacena el doble del carbono presente en la atmósfera, libera dióxido de carbono y metano, amplificando aún más el calentamiento global.

Para las comunidades indígenas, la crisis climática es simultáneamente ambiental, económica y cultural. Los pueblos inuit, sami, nenets y otros enfrentan el colapso de prácticas de subsistencia, desplazamientos forzados por la erosión costera y la degradación de infraestructuras sobre permafrost inestable. Estos impactos ponen en riesgo su autodeterminación y la continuidad de cosmovisiones profundamente arraigadas en el entorno ártico.

Competencia geopolítica y militarización creciente
El retroceso del hielo ha reactivado el interés estratégico de diversos estados, intensificando la competencia en una región tradicionalmente caracterizada por la cooperación de baja política.

Rusia: Posee la mayor línea costera ártica y ha adoptado una postura claramente revisionista y militarizada. Ha rehabilitado bases militares (de la era de la Unión Soviética), desplegado sistemas antiaéreos avanzados y consolidado una flota de rompehielos nucleares sin parangón. Su objetivo es doble; por un lado, asegurar el control regulatorio y económico sobre la Ruta del Mar del Norte y por el otro, explotar los vastos recursos de la plataforma siberiana. La guerra en Ucrania ha debilitado la cooperación científica y diplomática con los demás miembros del Consejo Ártico, exacerbando la fragmentación regional.

Estados Unidos: Considera al Ártico clave para la seguridad nacional, el monitoreo aeroespacial y la competencia estratégica con Rusia y China. Aunque históricamente rezagado en infraestructura polar, ha renovado su estrategia mediante inversiones en vigilancia, puertos y rompehielos. La región tiene importancia crucial para la arquitectura de defensa NORAD (North American Aerospace Defense Command) y para la proyección en espacios marítimos emergentes.

China: Autodenominada “estado cercano al Ártico”, ha adquirido un rol creciente mediante investigación científica, inversiones en infraestructura y cooperación energética, especialmente con Rusia. Su “Ruta de la Seda Polar” busca asegurar corredores logísticos, acceso a minerales críticos y presencia en la gobernanza regional. Sus ambiciones generan recelo entre los estados árticos, que temen una futura proyección de poder similar a la observada en otras regiones.

Actores europeos y nórdicos: Canadá, Noruega, Dinamarca (vía Groenlandia), Islandia y la Unión Europea destacan por priorizar la sostenibilidad y el derecho internacional, aunque mantienen intereses estratégicos divergentes. Canadá insiste en la soberanía sobre el Paso del Noroeste, mientras Noruega equilibra producción energética con liderazgo ambiental. La UE impulsa estándares ecológicos estrictos y busca un papel estable en la gobernanza ártica, aunque su influencia depende de la cooperación con los estados ribereños.

Recursos naturales y rutas marítimas emergentes
El Ártico contiene aproximadamente el 13% del petróleo no descubierto y el 30% del gas natural del mundo, junto con reservas significativas de cobalto, níquel, tierras raras y otros minerales estratégicos. La extracción enfrenta enormes desafíos técnicos y ambientales, pero países como Rusia consideran estos recursos fundamentales para su economía y proyección global.
De creciente importancia son las rutas marítimas emergentes. La Ruta del Mar del Norte, bordeando la costa rusa, reduce hasta en un 40% la distancia entre Asia y Europa, aunque su uso está condicionado por hielo estacional, altos costos logísticos y marcos regulatorios restrictivos. El Paso del Noroeste (ruta marítima que bordea Norteamérica por el norte, atravesando el océano Ártico y conectando los estrechos de Davis y de Bering), reclamado por Canadá como aguas internas, enfrenta disputas con EE.UU. y otros estados que lo consideran un estrecho internacional. Si bien estas rutas no reemplazarán de inmediato al Canal de Suez o Panamá, su progresiva apertura modifica la geoeconomía global y otorga a los estados árticos una influencia inédita.

Gobernanza y desafíos para la cooperación internacional
El marco institucional del Ártico se basa en una combinación de Derecho Internacional (especialmente la Convención del Mar), regímenes ambientales y mecanismos regionales como el Consejo Ártico. Este último ha sido un ejemplo de diplomacia cooperativa, promoviendo investigación científica, protección ambiental y desarrollo sostenible con participación directa de los pueblos indígenas.

Sin embargo, su capacidad se ha visto debilitada tras la interrupción de la cooperación con Rusia desde 2022, revelando la fragilidad de un sistema que depende del consenso político entre actores cada vez más enfrentados.

A pesar de los avances -como el acuerdo de búsqueda y salvamento (2011) o el tratado para prevenir la pesca no regulada en alta mar (2018) – persisten vacíos críticos como falta de mecanismos vinculantes para regular la explotación de hidrocarburos, ausencia de acuerdos de desmilitarización o transparencia militar, gobernanza limitada sobre rutas marítimas emergentes e insuficiente protección legal para comunidades indígenas ante desplazamientos climáticos.

La gobernanza ártica se enfrenta, por tanto, al reto estructural de adaptarse a una región en la que se superponen crisis ambientales y rivalidades geopolíticas.

En conclusión
El Ártico simboliza las tensiones fundamentales del antropoceno, ya que es un espacio donde la aceleración climática impulsa simultáneamente un deterioro ecológico sin precedentes y nuevas oportunidades geoeconómicas que reconfiguran el sistema internacional. El riesgo de que la región se convierta en un escenario de confrontación estratégica es real, especialmente ante la creciente militarización, la competencia por recursos y la debilitación de los mecanismos de cooperación.

Sin embargo, también existe una ventana de oportunidad. La fragilidad ecológica del Ártico y la interdependencia de sus sistemas climáticos obligan a los actores internacionales a reconocer que la estabilidad regional no puede sostenerse únicamente mediante la lógica de poder. El futuro del Ártico dependerá de la capacidad de fortalecer la cooperación científica, revitalizar la gobernanza multilateral, integrar de manera efectiva el conocimiento indígena y, sobre todo, cumplir los compromisos globales de mitigación climática.

La paradoja central persiste, pues las rutas y recursos que parecen volverse accesibles gracias al calentamiento global solo pueden gestionarse de manera segura si se contiene el fenómeno que los hace posibles. El Ártico no es únicamente un depósito de recursos o un corredor estratégico, es un componente crítico del sistema climático terrestre. Su preservación constituye no solo un imperativo moral y ecológico, sino una condición esencial para la estabilidad geopolítica y climática del planeta en las próximas décadas.

Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.


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