Cartagena de Indias, el modelo urbano y la sostenibilidad

  06 Sep 2026 

Por Álvaro Viloria Romero *

En el debate contemporáneo sobre el desarrollo territorial, el concepto de ciudad sostenible ha dejado de ser una aspiración ecológica para convertirse en un imperativo técnico, normativo y de supervivencia humana. De acuerdo con las directrices de la Nueva Agenda Urbana de ONU-Hábitat y las metas del Objetivo de Desarrollo Sostenible -ODS – 11, una urbe verdaderamente sostenible debe articular de forma armónica la inclusión social, la resiliencia climática, la suficiencia financiera y un diseño urbano ordenado.

El discurso de la «ciudad sostenible» frecuentemente es cooptado como una herramienta de marketing urbano que encubre lógicas de acumulación y exclusión. Evaluar a Cartagena de Indias bajo este paradigma exige desmantelar la narrativa oficial que la proyecta como la ‘joya del Caribe’ y analizar su metabolismo urbano con rigor crítico.

La realidad territorial de Cartagena no es la de una metrópolis en transición hacia la sostenibilidad, sino la de un ecosistema urbano colapsado, diseñado para el usufructo del capital transnacional turístico e industrial a expensas del bienestar colectivo.

A continuación, se deconstruye esta insostenibilidad estructural a través de seis dimensiones críticas.

1. Planificación urbana y el apartheid socioespacial

Un patrón de crecimiento sostenible exige densificación inteligente, usos de suelo mixtos y contención de la expansión descontrolada. Históricamente, Cartagena ha carecido de una gobernanza de suelo eficiente. La ciudad se expandió mediante dos fenómenos opuestos e igualmente insostenibles: la proliferación de asentamientos informales en zonas de alto riesgo ambiental y la urbanización de baja densidad y alto costo en la periferia norte.

La sostenibilidad urbana es incompatible con la segregación extrema. En Cartagena, la planificación no ha fallado; ha triunfado en su objetivo histórico de proteger los enclaves de riqueza y marginar a la población local. La ciudad opera bajo un régimen de ‘apartheid socioespacial’ evidenciado por la hiper-gentrificación del Centro Histórico y el barrio Getsemaní, que ha expulsado a los residentes originarios para instalar una economía de plataforma y hotelería boutique.

Paralelamente, la inoperancia para actualizar el Plan de Ordenamiento Territorial -POT – ha confinado a más del 60% de la población a cordones de miseria en zonas de alto riesgo de inundación y deslizamiento (como las faldas del Cerro de la Popa o los bordes de la Ciénaga de la Virgen).

Este modelo de desarrollo no es inclusivo; es abiertamente extractivista respecto a su propio territorio.

2. Resiliencia climática, mitigación de papel y protección del capital

Una ciudad costera insostenible es, por definición, una ciudad condenada. Aunque Cartagena formuló el Plan 4C (Cartagena Competitiva y Compatible con el Clima), el cual fue un hito en la planeación teórica, este documento ha operado más como un manifiesto performativo que como una hoja de ruta ejecutoria.

Ante el inminente aumento del nivel del mar, las respuestas estatales, como el Macroproyecto de Protección Costera, evidencian un sesgo de clase: son obras de ingeniería dura diseñadas principalmente para proteger la infraestructura hotelera e inmobiliaria de Bocagrande y el Centro. Mientras tanto, los barrios populares ribereños continúan expuestos a la erosión costera y a inundaciones cíclicas sin intervenciones de adaptación basadas en la naturaleza ni planes de reasentamiento digno.

3. Movilidad como factor de empobrecimiento

El sistema de movilidad de Cartagena representa un fracaso estructural en la democratización del espacio público. El Sistema Integrado de Transporte Masivo -SITM – de Cartagena -Transcaribe-, tras décadas de desangre financiero y corrupción en su fase de construcción, opera hoy con un déficit crónico y una flota insuficiente.

La incapacidad del Estado para proveer un transporte público eficiente, limpio y accesible ha forzado a las clases trabajadoras a depender del mototaxismo. Esta informalización de la movilidad no solo dispara las tasas de siniestralidad y las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que consolida un modelo de transporte precarizado que penaliza económicamente a quienes viven en las periferias.

4. Ecocidio sistemático y gestión del agua

Cartagena mantiene una relación parasitaria con los cuerpos de agua que la rodean. La noción de sostenibilidad ecológica es inexistente frente al ecocidio sistemático de la Bahía de Cartagena, convertida en un sumidero histórico de vertimientos químicos industriales de la zona de Mamonal y de la sedimentación letal aportada por el Canal del Dique.

Asimismo, la Ciénaga de la Virgen ha sido sistemáticamente desecada y rellenada por mafias de loteo informal y desarrollos inmobiliarios legales, destruyendo los bosques de manglar que actúan como la única barrera natural frente a marejadas.

Destruir la infraestructura ecológica crítica invalida cualquier pretensión de sostenibilidad.

5. Metabolismo urbano tóxico y colapso de residuos

El modelo económico de Cartagena, altamente dependiente de un turismo de consumo masivo, genera un metabolismo urbano lineal y tóxico. La ciudad carece de una infraestructura funcional de economía circular. La gestión de residuos se limita a un esquema primitivo de recolección y soterramiento en rellenos sanitarios que bordean el colapso. La tasa de aprovechamiento es marginal, recayendo exclusivamente sobre los hombros de recicladores de oficio que operan en condiciones de extrema vulnerabilidad. El subproducto de esta ineficiencia es visible en la saturación de microplásticos en sus playas y la obstrucción perpetua de sus canales pluviales, lo que exacerba el riesgo de desastres sanitarios urbanos.

6. Gobernanza fallida y crecimiento económico excluyente

Ningún sistema urbano puede ser sostenible sin fortaleza institucional e integridad distributiva. Cartagena ostenta niveles críticos de pobreza monetaria extrema, superando el promedio de las principales capitales de Colombia. Esto desmiente el postulado neoliberal de que la tracción del puerto, la industria petroquímica y el turismo generan ‘goteo’ hacia las bases sociales. La riqueza producida se fuga, dejando tras de sí externalidades negativas (prostitución infantil, encarecimiento del costo de vida, contaminación).

Además, la profunda inestabilidad política e institucional de la última década -marcada por una sucesión de alcaldes interinos y escándalos de corrupción – ha imposibilitado la continuidad de cualquier política pública de largo aliento.

La urgencia de un cambio de paradigma

Cartagena de Indias no es una ciudad sostenible; es el caso de estudio por excelencia de una urbe fallida frente a los desafíos del Siglo XXI.

La fachada patrimonial y la retórica de los planes de resiliencia ocultan un modelo de desarrollo diseñado para rentabilizar el territorio a favor de unos pocos, mientras se socializan los riesgos climáticos, ecológicos y sociales.

Alcanzar la sostenibilidad en Cartagena ya no pasa por ajustes técnicos o mejoras estéticas, sino por una transformación radical de su gobernanza territorial. Esto requiere desmantelar las estructuras de segregación, penalizar el ecocidio industrial e inmobiliario, y redistribuir los beneficios de su economía para garantizar, de una vez por todas, la viabilidad de la ciudad y la dignidad de sus habitantes.

Nota: Invito a ver el documental institucional en donde se exponen los principales riesgos de vulnerabilidad costera que enfrenta la ciudad y las líneas estratégicas diseñadas originalmente para su adaptación climática (10 de julio de 2015).

* Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción. Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP;

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.


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