La Cartagena desnuda y el sueño posible
16 Ago 2026

Por Álvaro Viloria Romero *
Caminar por el Centro Histórico de Cartagena es sumergirse en un sueño diseñado para otros. La brisa que acaricia los balcones coloniales trae el perfume del mar mezclado con el aroma del incienso que impregna las esquinas, pero también revela el sudor invisible del vendedor ambulante que carga sobre sus hombros la paradoja de una ciudad que lo exhibe como postal y lo persigue como estorbo. Las murallas, declaradas Patrimonio de la Humanidad, custodian una belleza que parece intocable, sin embargo, basta desviar la mirada unos metros para descubrir las grietas profundas de un apartheid urbano que los folletos turísticos se empeñan en maquillar.
Frente al Mar Caribe que baña sus murallas, se alza una ciudad profundamente fragmentada por una brecha social que ningún discurso oficial o campaña publicitaria logra disimular. La postal internacional nos vende un edén intocado de casonas coloniales y atardeceres dorados; sin embargo, bajo ese barniz de modernidad turística late una realidad de apartheid urbano. Analizar Cartagena con profundidad exige descorrer el velo de la complacencia, no para regodearnos en el pesimismo, sino para entender que la belleza colonial ha convivido históricamente con la sombra de la exclusión y que el único futuro viable es aquel que se cimente sobre las ruinas de esa desigualdad.
El apartheid urbano y la geografía del abandono
La división espacial de Cartagena no es un accidente geográfico, sino el resultado de un modelo de desarrollo que mercantiliza el metro cuadrado de la zona turística mientras condena a la periferia al olvido estructural. Mientras el Centro Histórico, Castillogrande y Bocagrande concentran inversiones multimillonarias y una atención prioritaria, vastos sectores de la Ciénaga de la Virgen, El Pozón y la zona insular sobreviven en condiciones de profunda vulnerabilidad.
La ciudad histórica se ha transformado en un decorado donde la cultura local corre el riesgo de reducirse a un triste espectáculo para el consumo extranjero: la palenquera convertida en atracción fotográfica, el artista urbano coreografiado para no incomodar al visitante, y la memoria colectiva envasada en un city tour. Detrás de esa fachada de modernidad cosmopolita, los cartageneros que sostienen la magia con su fuerza laboral regresan al anochecer a barrios donde la dignidad se esfuma entre calles sin pavimentar.
El Caribe es un personaje omnipresente que envuelve la ciudad con su abrazo salado, pero en Cartagena el agua marca la frontera más cruel entre el privilegio y la exclusión. El mar lame las playas privadas y exclusivas, donde el acceso se restringe mediante barreras invisibles de poder adquisitivo, mientras en los barrios populares la lucha diaria no es por una toalla en la arena, sino por un chorro de agua potable que brote con regularidad de la pluma.
No tener agua potable 24 horas al día en pleno Siglo XXI no es una deficiencia técnica menor, es una forma de violencia institucional. La sed crónica de los barrios populares contrasta grotescamente con el derroche hídrico de los complejos hoteleros y las piscinas privadas, evidenciando una metrópoli que niega sistemáticamente los derechos más elementales a quienes sostienen con su fuerza de trabajo la cotidianidad de la ciudad.
La mercantilización de la historia y el desplazamiento invisible

El corazón amurallado, esa joya arquitectónica que deslumbra al viajero global, se ha convertido en un escenario mercantilizado donde el habitante local es frecuentemente desplazado o relegado a un papel secundario. Las calles adoquinadas donde antaño respiraba la vida comunitaria hoy presencian la persecución de vendedores ambulantes y artesanos, atrapados entre la precariedad de una economía de subsistencia y el acoso de normativas que criminalizan el rebusque.
La gentrificación devora barrios tradicionales como Getsemaní, expulsando a las familias nativas para dar paso a la especulación inmobiliaria y al turismo masivo descontrolado. La historia de Cartagena ha sido empaquetada como un parque temático para el consumo extranjero, despojándola de su pulso social y comunitario, y transformando el espacio público en una mercancía de acceso restringido.
La ironía es feroz y dolorosa: estamos rodeados de agua. La Ciénaga de la Virgen, los caños y lagos y el océano infinito deberían ser fuentes de vida compartida; sin embargo, se han convertido en factores de profunda desigualdad debido a décadas de planificación urbana que priorizaron el lucro hotelero sobre la infraestructura básica de saneamiento. El agua no es un capricho del clima, es un derecho mercantilizado.
Los eslabones rotos, educación pública y transporte caótico
Un pueblo sin educación pública de calidad es un pueblo condenado a la servidumbre estructural. En Cartagena, la brecha entre la escuela privada de élite y el colegio público abandonado es una herida abierta. Infraestructuras escolares precarias, carencia de tecnología y la ausencia de programas alimentarios dignos perpetúan un ciclo perverso de pobreza intergeneracional.
Imaginar la transformación de esta realidad implica exigir que las aulas dejen de ser depósitos de niños para convertirse en ciudadelas del conocimiento, equipadas con laboratorios y arte.
En los colegios de la Cartagena profunda, el talento desborda las aulas, pero los recursos escasean trágicamente. Hay maestros que sostienen la esperanza con las uñas. Esa escalera hacia el futuro tiene los peldaños rotos por la desidia institucional de muchos años.
A este vacío educativo se suma la tragedia del transporte: la ausencia de un sistema de movilidad integrado, digno y eficiente obliga a la periferia a perder horas vitales en trayectos caóticos e informales, aislando físicamente a los ciudadanos de las oportunidades de desarrollo.
La brisa que alivia a los transeúntes del Centro Histórico es la misma que golpea brutalmente a los trabajadores que se hacinan em los buses en la avenida Pedro de Heredia o dependen de un mototaxismo riesgoso. La ausencia de un transporte digno, limpio y eficiente aísla a la periferia, devorando las horas de descanso de miles de ciudadanos atrapados en un caos presupuestado por la corrupción.
La juventud secuestrada y la resistencia sonora

En el centro de esta tormenta estructural se encuentra la juventud cartagenera, arrinconada entre la falta de oportunidades formales y la tentación de las economías ilegales. Sin embargo, la rebeldía natural de los jóvenes no debe ser leída como un peligro, sino como la energía motriz del cambio.
Los jóvenes cartageneros cargan con el peso de un futuro incierto en una ciudad que sistemáticamente les da la espalda. La música que brota de los barrios (la champeta, el rap, el bullerengue, la cumbia, la salsa) es la banda sonora de una resistencia cotidiana, el testimonio vibrante de una juventud que crea arte y belleza desde la más cruda precariedad. No piden migajas asistencialistas que apagan fuegos pasajeros, exigen oportunidades reales de educación superior, empleo formal y espacios seguros.
Cuando el talento no encuentra cauce, se frustra o es devorado por las economías ilegales. La violencia sistémica en Cartagena no siempre opera con armas, muchas veces se disfraza de indiferencia estatal. Reconocer a los jóvenes no como una amenaza que debe ser vigilada, sino como el motor más potente de transformación social, exige ceder poder, redistribuir los recursos públicos y escuchar sin filtros sus demandas de emancipación.
La Cartagena que merecemos construir es aquella donde los jóvenes no sean mano de obra barata para el sector servicios, sino creadores, tecnólogos, artistas y líderes de su propio destino. Espacios donde la música suene no como un lamento de resistencia ante la miseria, sino como la celebración sonora de una sociedad que ha recuperado su dignidad y su autonomía creativa.
Hacia la Cartagena que merecemos parir
Transformar Cartagena no requiere de parches cosméticos, discursos demagógicos ni promesas de campaña que se disuelven con las primeras lluvias. Exige una ruptura profunda con las estructuras de poder que han saqueado lo público por años de años y una reformulación radical del modelo socioeconómico. El turismo no puede seguir siendo un motor de exclusión, debe subordinarse al bienestar colectivo, redistribuyendo su riqueza hacia la salud, la infraestructura básica y el desarrollo humano de los barrios populares y así la economía popular formalizarse bajo premisas de justicia y equidad.
Construir esta ciudad es una tarea colectiva que demanda valentía política, ética empresarial y la fuerza indomable de una ciudadanía que se niega a la resignación. Solo cuando el agua brote sin racionamientos en cada hogar humilde, cuando las aulas vibren con tecnología y futuro, y cuando el centro y la periferia se reconozcan como partes de un mismo cuerpo social, Cartagena dejará de ser una postal de contrastes crueles para convertirse en una obra maestra de dignidad compartida. La Cartagena que soñamos no caerá del cielo caribeño: la pariremos entre todos, ladrillo a ladrillo, haciendo que la realidad por fin le haga justicia al sueño. Sí, es posible construirla.
* Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.
Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.

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