Cochise, el guardián del agua
Mucho
antes de que el silbato del vapor David Arango anunciara su llegada desde la
distancia, Magangué ya era una leyenda que navegaba de boca en boca por las
aguas del río Magdalena.
La Princesa del Río, como la llamaba el profesor Félix Viloria Romero con orgullo y con admiración los viajeros, no era solamente el segundo puerto más importante de la extensa ruta fluvial entre Barranquilla y La Dorada. Era un lugar donde el río parecía detenerse para contemplar la vida. Allí desembarcaban comerciantes cargados de mercancías y esperanzas, pescadores curtidos por el sol, músicos errantes, aventureros en busca de fortuna y familias enteras que perseguían un nuevo comienzo. Otros llegaban sin motivo aparente, atraídos únicamente por el nombre de aquella ciudad ribereña que los relatos convertían en un lugar casi mítico.
Magangué vivía del río y para el río. El Magdalena era su camino hacia el mundo, su fuente de riqueza y su memoria. Desde el amanecer, el puerto despertaba entre pregones, canoas, champanes y embarcaciones que iban y venían transportando sueños, noticias y mercancías. El aire olía a boca chico fresco, a madera húmeda y a frutas recién llegadas de las poblaciones vecinas.
La prosperidad que el río derramaba sobre sus orillas se reflejaba también en la ciudad. Sus amplias calles, las casonas de elegantes terrazas, los edificios comerciales y las residencias de familias adineradas otorgaban a Magangué una apariencia majestuosa. Vista desde el agua, la ciudad se levantaba con tal imponencia que parecía la capital de un reino fluvial, gobernado no por coronas ni ejércitos, sino por la riqueza del comercio y el incesante movimiento de viajeros que llegaban desde todos los rincones.
Al caer la tarde, cuando el sol teñía de oro las aguas tranquilas, las fachadas adquirían destellos cobrizos y las luces del puerto comenzaban a reflejarse sobre la corriente como si las estrellas hubiesen descendido para descansar sobre el río. Entonces Magangué ofrecía su imagen más hermosa: una ciudad de “corazón abierta al mundo entero”, orgullosa de su esplendor, suspendida entre el cielo y las aguas, observando el paso eterno de embarcaciones y destinos.
Cada embarcación que atracaba traía consigo historias nuevas. Algunas comenzaban en aquel puerto; otras terminaban allí. Había despedidas silenciosas, reencuentros largamente esperados y promesas pronunciadas al borde del muelle. Magangué era, ante todo, un territorio de tránsito, un punto donde los destinos se cruzaban por un instante antes de seguir caminos distintos.
Por eso, cuando el David Arango apareció por primera vez en aquellas aguas, con su figura imponente reflejada sobre la corriente dorada del atardecer, la ciudad entera pareció volverse hacia el río para contemplarlo. Su silueta elegante emergía entre las brumas como una visión extraordinaria. Para muchos, aquel vapor representaba la máxima expresión del progreso y la modernidad que había conocido la navegación por el Magdalena.
No era una embarcación cualquiera. Sus amplios salones lucían pisos brillantes y paredes revestidas con finas maderas cuidadosamente trabajadas por artesanos expertos. Del techo colgaban elegantes lámparas importadas de Italia, cuyos reflejos danzaban sobre cristales y espejos, iluminando cada rincón con una luz cálida y sofisticada. Los camarotes ofrecían comodidades desconocidas para la mayoría de los viajeros de la época, mientras que sus corredores y terrazas permitían contemplar el inmenso paisaje fluvial con una comodidad reservada a unos pocos privilegiados.
Quienes lo conocieron solían considerarlo el Titanic de las aguas colombianas. No por su tamaño, sino por el lujo, la elegancia y el asombro que despertaba en cada puerto donde hacía escala. A bordo viajaban hacendados, comerciantes prósperos, políticos y artistas, pero también maestros, pequeños comerciantes, campesinos, familias trabajadoras y aventureros anónimos que buscaban un nuevo destino. Todos compartían el mismo río y la misma ilusión de llegar a algún lugar. El Magdalena era la gran arteria que conectaba regiones, culturas y sueños, y el David Arango navegaba por ella transportando no solo pasajeros y mercancías, sino también esperanzas, nostalgias e historias que se entrecruzaban en cada travesía.
Sin embargo, ni siquiera toda aquella opulencia lograba eclipsar el espíritu de Magangué. Porque mientras el vapor exhibía sus lámparas y maderas finas importadas desde Italia y sus refinados salones, la ciudad ofrecía algo que ningún lujo podía comprar: el alma de un pueblo construido alrededor del río y de las historias humanas que este transportaba.
El David Arango llegaba y partía siguiendo el curso incesante del Magdalena. Magangué, en cambio, permanecía allí, observando el desfile interminable de viajeros. Veía llegar a quienes buscaban fortuna y despedía a quienes partían en busca de ella. Escuchaba secretos, guardaba recuerdos y era testigo de promesas que el tiempo se encargaba de cumplir o de borrar.
Y fue precisamente en uno de aquellos atardeceres de los 70, cuando el río Magdalena se teñía de un dorado antiguo, que el vapor lanzó un silbido largo que pareció quedarse suspendido en el aire más de lo normal. Nadie supo explicarlo. Algunos dijeron que era el viento cruzando los playones de La Peña, cuando aún no tenía dueños porque eran de la nación; otros, los más viejos del puerto, simplemente bajaron la mirada, como si hubieran escuchado algo que preferían no nombrar.
El hombre descendió entre la multitud de pasajeros como si el tiempo no terminara de decidir qué hacer con él. Nadie reparó demasiado en Iván Darío Araque. Era apenas un forastero más entre tantos que llegaban cada semana a Magangué.
Sin embargo, para él no había duda: había llegado en el David Arango. Así lo sentía, así lo recordaba, aunque el mundo alrededor no pareciera confirmarlo. El barco seguía allí, sólido, presente, como si el viaje no hubiera terminado nunca. Iván Darío descendió de su cubierta sin saber en qué momento exacto el tiempo comenzó a doblarse a su alrededor.
Pero en el instante en que sus pies tocaron el muelle, algo se quebró de manera imperceptible en su percepción del mundo. No fue un recuerdo ni un sueño. Fue una certeza extraña, como si el presente hubiese sido atravesado por otra época sin pedir permiso.
Entonces lo escuchó… y lo vio. El silbido volvió a nacer, profundo, antiguo, como si viniera desde el fondo mismo del río. Y frente a él, aunque nadie más parecía reconocerlo, el David Arango seguía atracado en el puerto de Magangué, como si nunca hubiera partido.
Iván
Darío no dudaba: ese era el barco que lo había traído hasta allí. No había otra
llegada posible en su mente. Todo lo demás —el tiempo, las fechas, las
explicaciones— se deshacía frente a la certeza de haber descendido de aquel
vapor.
El río, que todo lo mezcla y todo lo conserva, no corrigió la escena. Y cuando Iván Darío se perdió entre las calles vivas de Magangué, el David Arango permaneció un instante más meciéndose suavemente contra el muelle frente a la Catedral, como si el agua dudara en soltarlo antes de dejar el testimonio de la llegada de un ser humano extraordinario.
Luego, sin anunciarlo, el fuego lo tomó. Las llamas subieron por sus maderas finas, por sus pasillos elegantes, por sus lámparas importadas que alguna vez iluminaron noches de lujo sobre el Magdalena.
No hubo despedida, solo el inicio inevitable de su final. El vapor navego río abajo sin gobierno convertido en candela, hasta alcanzar las aguas profundas frente a Yatí, donde el Magdalena se abre como un misterio antiguo. Allí, en su morada eterna, entre agua y ceniza, el David Arango terminó su último viaje. Y desde entonces, no volvió a salir jamás.Iván
Darío llevaba apenas unas horas recorriendo las calles de Magangué cuando un
parroquiano, de esos hombres que parecían conocer a todo el mundo, lo observó
con detenimiento y terminó por preguntarle:
—¿Y usted no es Cochise?
La ocurrencia provocó algunas sonrisas entre quienes se encontraban cerca. La confusión obedecía al asombroso parecido que guardaba con Martín Emilio Rodríguez, el legendario ciclista admirado en todo el país. Bastó aquel comentario para que el apodo comenzara, gracias, al bembeo a rodar por tiendas, esquinas y tertulias, hasta quedarse para siempre con él. Y así, sin ceremonias ni documentos, como suelen ocurrir los bautizos más duraderos en los pueblos, Iván Darío dejó de ser Iván Darío para convertirse simplemente en Cochise.
Había desembarco aquella tarde con escasas pertenencias y sin más fortuna que su palabra. Pero si era ligero de equipaje, era abundante en historias, ocurrencias y recuerdos. Poseía el raro don de conversar con cualquiera como si lo conociera de toda la vida y una simpatía natural que inspiraba confianza desde el primer encuentro. Pronto se hizo un lugar en el afecto de la gente.
Era una enciclopedia, a pesar de su poca escolaridad. Con él se podía conversar de cualquier asunto, desde la historia de los jardines de Babilonia, los precios del mercado, hasta las noticias que llegaban por el río, pero donde verdaderamente se le veía encendido era en temas de política y extraterrestres. Tenía una forma particular de hilar las ideas, como si las escuchara antes de pensarlas, y en cada conversación dejaba caer teorías propias sobre los riesgos que ambas cosas representaban para la humanidad. Para él, la política y esos visitantes del espacio no eran tan distintos: “ambos podían alterar el rumbo de los pueblos con tal de saciar sus propios intereses”, se le escuchaba decir”.
En las calles de Magangué sus palabras encontraban oyentes atentos. Algunos se reían, otros asentían en silencio, pero casi todos terminaban reconociendo que había en “Cochise” una manera curiosa de explicar el mundo, como si lo complejo pudiera volverse cercano cuando se contaba con suficiente convicción y unas cuantas historias bien dichas. Así, sin mayores pergaminos, su voz fue ganando un lugar entre las conversaciones del pueblo, donde la realidad y la imaginación solían sentarse a la misma mesa sin contradecirse.
La ágora predilecta fue, en las mañanas, la cafetería Las Américas, ubicada junto al parque de la Electrificadora, adonde llegaba después de desembarazarse de los oficios —a demanda— que le representaban algún ingreso para cubrir sus modestos gastos. Allí acudían muchachos, jóvenes y adultos cansados de solicitar empleo interesados en escuchar sus narraciones y los análisis que hacía sobre los problemas del pueblo, para los cuales siempre encontraba soluciones tan elementales como eficaces, motivadas únicamente en la voluntad política y la lealtad del gobernante con la ciudadana, o sobre los acontecimientos del mundo.
Por las tardes, el escenario era El Milancito, una cantina de foco rojo ubicada en la Albarrada, adonde llegaban los obreros del puerto, cansados de la faena del día y de la resignación con el estado de cosas, para brindar con una cerveza o un guaro, o comprar algo de amor —o simplemente de compañía— a alguna dama dispuesta a escuchar sus desdichas. Muchos de ellos también acudían motivados por las historias de Cochise, en particular por una en la que advertía sobre el riesgo que corría la población de quedarse sin agua, como si el río, por capricho, pudiera un día cansarse de su propia memoria y retirarse lentamente, dejando al pueblo frente a un silencio seco donde antes solo había corriente y vida.
Como Diógenes de Sinope, el filósofo griego que practicaba una vida de extrema austeridad y dormía a la intemperie en un tonel cerca de la plaza de Atenas, Cochise hacía lo propio en el puerto, sobre una barcaza, sin más techo que el cielo ni otra iluminación que la brindada por la luna y las estrellas. Ambos demostraron a la sociedad que era posible vivir sin casa ni posesiones materiales, acumulando únicamente felicidad.
Antes de que la ciencia comenzara a contemplar la posibilidad de que la Tierra pudiera quedarse sin agua dulce, Cochise ya había anunciado que eso podría sucederle a Magangué. Las razones, sin embargo, eran distintas. Para los científicos y las organizaciones internacionales, el fenómeno obedecía al crecimiento de la población, la industrialización, la agricultura intensiva, la contaminación de los ríos y de los acuíferos, así como al uso desmedido del agua. Para Cochise, en cambio, lo que ocurría en Magangué era por una fuga silenciosa del río Magdalena: los extraterrestres se estaban llevando el agua directamente del cauce, como si el río fuera una reserva que vaciaban poco a poco desde otros mundos, dejando al pueblo ante el riesgo de quedarse sin su río y sin su agua.
Con el paso del tiempo, Cochise convirtió su barcaza del puerto en un pequeño observatorio nocturno. Allí, tendido sobre la madera húmeda, pasaba las noches contemplando los fenómenos astronómicos y siguiendo con la mirada de poder telescópico el movimiento planetario y el lento desplazamiento de las estrellas sobre el Magdalena. En esas vigilias silenciosas, empezó a convencerse de que en la estratosfera —o en aquello que él llamaba la “extraesfera”— otras civilizaciones atravesaban una crisis de agua cada vez más grave. Según sus observaciones, aquellos mundos lejanos se estaban quedando sin reservas hídricas, y la única fuente capaz de sostener su supervivencia era la Tierra, con sus ríos aún abundantes. Entre ellos, el Magdalena se le revelaba como una de las reservas más codiciadas del universo.
Todas las sospechas alimentadas a partir de sus observaciones las confirmó una madrugada, en su labor de astrónomo empírico, cuando el río se movía en silencio y respiraba sin hacer ruido. Al día siguiente las comentó a sus contertulios de la panadería Las Américas, del bar El Millancito e, incluso, a las autoridades administrativas, políticas y eclesiásticas del municipio. Aseguraba que, desde su barcaza, convertida en su residencia y también en el observatorio desde donde hacía seguimiento al comportamiento del cielo y de los cuerpos celestes, había visto una flota espacial estacionada sobre el cielo del Magdalena, exactamente frente al sitio conocido como Puerto Yuca, muy cerca de su posición.
Decía, con la seguridad inquebrantable de quien habla con la certeza de decir la verdad, que «de las naves colgaban, mediante un sistema de poleas luminosas, unas tinajeras como aquellas en las que alguna vez se embutían los concejales de Mompox para mitigar el calor del verano cuando les tocaba sesionar, aunque de proporciones descomunales, tan grandes que parecían contener mares enteros. Con ellas extraían el agua del río, que luego cargaban en las naves hasta desaparecer en el firmamento, dejando tras de sí una estela incandescente, semejante a la de los cohetes lanzados para explorar el espacio».
A pesar de no tener explicación sobre cómo, en más de una ocasión, cuando el río alcanzaba su mayor caudal, la barcaza de la bocatoma amanecía retirada de la orilla y con serias dificultades para captar el agua necesaria para el acueducto, debido al repentino escaso caudal que llegaba hasta ella, las autoridades nunca quisieron dar crédito a las afirmaciones de Cochise, las cuales respaldaba en unos dibujos —para él, la prueba reina— realizados por sí mismo, en los que se veía con absoluta claridad a unas naves alienígenas absorbiendo las aguas del río Magdalena.
En
alguna ocasión, Rocha, un operador de la bocatoma, banqueteado con su gallada
en la tienda del Loco Castillo, en el barrio Olaya, había dicho que una
madrugada vio las naves usurpadoras de las que hablaba Cochise; sin embargo, se
había abstenido de hacer comentario alguno porque, precisamente, fue en aquel turno
cuando había llegado tarde y alcoholizado, y nunca pudo tener la certeza de si
lo que vio era real o una alucinación producto de su embriaguez.
Y, sin embargo, con el paso de los años, cuando el río empiece a bajar de verdad y el polvo seco le siga ganando terreno a las orillas que antes eran espejo, recordaremos a Cochise como quien recuerda una advertencia que no supo escuchar a tiempo. Dicen que murió repitiendo, sin variar una sola sílaba, que el Magdalena no se iba a acabar por olvido ni por castigo humano, sino porque otros —desde lejos, desde arriba, desde esa extraesfera, como él la llamaba, que nadie quiso tomar en serio— lo estaban vaciando en silencio. Y así, entre la risa antigua de los incrédulos y la sequedad nueva de la realidad, su voz quedó flotando sobre Magangué como una última certeza: la de un hombre que habló del agua cuando aún parecía infinita y murió cuando ya empezaba a doler su ausencia.
* Abogado, con especialización en Gestión de Entidades Territoriales y en Desarrollo Social; exdirector Territorial para Bolívar del Ministerio del Trabajo. Doctrinante.
Comentarios