La Ciénaga de La Virgen y la ciudad que queremos construir

  08 Jun 2026 

Por Álvaro Viloria Romero *

Un fallo del Juzgado Segundo Penal del Circuito Especializado de Cartagena, emitido el 23 de abril de 2026 en respuesta a una tutela de la Procuraduría General de la Nación, volvió a poner sobre la mesa una realidad que la ciudad conoce desde hace años: la Ciénaga de La Virgen continúa enfrentando procesos persistentes de ocupación y relleno ilegal, mientras distintas entidades avanzan con dificultades en la coordinación de respuestas efectivas.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Según registros de la Dirección General Marítima -Dimar-, entre 2000 y 2025 se documentaron 315 informes relacionados con ocupaciones ilegales en la ciénaga, 245 de ellos concentrados en la última década. No es solamente una tendencia, es una advertencia sobre las presiones acumuladas que enfrenta uno de los ecosistemas más importantes de Cartagena, una advertencia sobre la relación que la ciudad ha construido con su propio territorio.

Sin embargo, el verdadero valor del fallo no radica únicamente en evidenciar un problema conocido. También abre una pregunta más profunda: ¿qué papel quiere darle Cartagena a la Ciénaga de La Virgen en la ciudad que está construyendo para las próximas décadas? Cartagena nació mirando el agua. Su bahía, sus caños, sus manglares y sus ciénagas no fueron simplemente el escenario de su historia; fueron la condición que hizo posible su desarrollo. La pregunta que hoy enfrenta la ciudad es si será capaz de reencontrarse con ese origen y convertirlo en una ventaja para su futuro.

Lo que la ciudad vierte

A través de la red de drenaje pluvial llegan a la ciénaga aguas residuales de conexiones fraudulentas del alcantarillado sanitario, aceites e hidrocarburos de talleres y estaciones de servicio de toda su cuenca urbana. En abril de 2025, EPA Cartagena inició el monitoreo de cinco canales con descarga directa -María Auxiliadora, Barcelona, San Pablo, Amador y Cortés, y San Martín – precisamente porque sus cargas contaminantes llegan al ecosistema sin ningún tratamiento previo.

La magnitud del daño es cuantificable. Según la Universidad de Cartagena, al menos 440 toneladas de carga orgánica son vertidas diariamente al ecosistema, generando hipoxia y zonas muertas donde la vida acuática es imposible. A esto se suman más de 120 toneladas diarias de residuos sólidos que terminan en el espejo de agua. La sedimentación ha reducido la profundidad promedio de tres metros a menos de un metro en amplias zonas, aislando comunidades pesqueras y agravando los riesgos de inundación en los barrios del entorno.

La ciénaga es el espejo donde se refleja el estado real de varios servicios de la ciudad: el alcantarillado que no alcanza, el drenaje que no separa aguas limpias de sucias y la recolección de residuos que no llega a todos los rincones. Lo que falla aguas arriba, la ciénaga lo acumula aguas abajo.

La advertencia del clima

Los frentes fríos, marejadas y episodios de inundación registrados en Cartagena durante los últimos meses recordaron algo que la ciudad no debería ignorar: la adaptación climática dejó de ser una discusión técnica de largo plazo para convertirse en una necesidad cotidiana. En ese escenario, los manglares, humedales y cuerpos de agua asociados a la Ciénaga de La Virgen cumplen funciones que van mucho más allá de la conservación. Actúan como infraestructura natural capaz de contribuir a la regulación hídrica, amortiguar eventos extremos y fortalecer la resiliencia urbana. Recuperar la ciénaga no es solo una acción ambiental, es una inversión en seguridad, adaptación climática y calidad de vida para las generaciones futuras.

La señal de enero

En medio de ese deterioro, enero de 2026 trajo una lectura distinta. Una colonia de aproximadamente 200 flamencos rosados (Phoenicopterus ruber) llegó a la Ciénaga de La Virgen, hecho registrado por la Secretaría de Turismo del Distrito y por operadores comunitarios de La Boquilla. El flamenco americano es una especie bioindicadora: solo busca ecosistemas con niveles adecuados de salinidad y oferta suficiente de alimento. Su presencia sostenida no ocurre por inercia, ocurre cuando las condiciones del ecosistema lo permiten.

El inventario de fauna del Parque Distrital Ciénaga de La Virgen, documentado por el Establecimiento Público Ambiental -EPA – de Cartagena y el Instituto Alexander Von Humboldt, registra más de 100 especies de aves acuáticas, playeras, migratorias y residentes. Operadores comunitarios como La Cueva del Manglar reportan más de 60 especies activas en recorridos de avistamiento. En mayo de 2026, la ciénaga fue incluida como punto confirmado del Global Big Day en tres de sus sectores, el conteo de aves más importante del mundo, organizado por eBird de la Universidad de Cornell. En el Caribe, pocos ecosistemas costeros conservan ese potencial. Cartagena tiene uno y todavía no ha decidido qué hacer con él.

Lo que el mundo decidió hacer

Seúl tardó décadas en entender que cubrir el río Cheonggyecheon bajo una autopista de seis carriles no era progreso: era una deuda ecológica diferida. En 2003, el Gobierno Metropolitano demolió esa infraestructura —168.000 vehículos diarios— y restauró 5,8 kilómetros de cauce urbano. El proyecto costó 281 millones de dólares y abrió al público en 2005. El número de negocios en el área creció al doble de la tasa del resto del centro de la ciudad; el corredor se convirtió en uno de los referentes urbanos más visitados de Asia. La lección fue económica antes que ambiental: devolver el agua a la ciudad produce más valor del que cuesta.

Singapur aprendió algo distinto pero complementario. Entre 1922 y 1993, sus manglares pasaron de 75 a 5 kilómetros cuadrados por presión del desarrollo costero. El giro llegó después del año 2000: una agencia específica para la conservación marina, un marco de gestión costera integrada y el primer parque marino nacional en 2014. Hoy Singapur gestiona sus ecosistemas costeros como infraestructura estratégica de adaptación climática, no como espacios en espera de ser rellenados. La diferencia no fue técnica,  fue una decisión de gobierno sobre qué tipo de ciudad quería construir.

Guayaquil ofrece un referente cercano a las dinámicas que enfrenta Cartagena. El Estero Salado —un sistema estuarino de 15.500 hectáreas de manglar en el corazón de la ciudad— fue durante décadas un ecosistema degradado, con invasiones ilegales, vertimientos sin control y 71 hectáreas de zona albufera perdidas por rellenos. A partir del proyecto Guayaquil Ecológico, el gobierno ecuatoriano invirtió 73 millones de dólares en su recuperación: 500 familias reubicadas, 8,6 hectáreas reforestadas, 20.000 personas capacitadas en educación ambiental y 10 kilómetros de ramal recuperados como espacio público y natural. El aprendizaje más valioso no estuvo únicamente en las obras, si no estuvo en el cambio de perspectiva. El estero dejó de verse como un vacío urbano para convertirse en un elemento estructurante del territorio.

Barranquilla y la recuperación de la Ciénaga de Mallorquín es el proyecto de restauración ecológica y ecoturismo más importante en la historia reciente de la ciudad, transformando un humedal críticamente contaminado en el actual Ecoparque Ciénaga de Mallorquín.

Tras décadas de degradación por el vertido de aguas residuales y desechos, la Alcaldía de Barranquilla, con el apoyo del Gobierno Nacional y entidades como el BID, ejecutó un plan integral con inversiones importantes para rehabilitar este valioso ecosistema costero de más de 600 hectáreas.

El éxito y estado actual de esta iniciativa se resume en los siguientes puntos clave: a) Se implementó un método científico pionero que cultiva e inocula microalgas nativas para consumir la materia orgánica. Esto disminuye los malos olores y purifica el agua sin químicos; b) Diseñado, el parque se construyó sobre muelles y pasarelas de madera elevadas para evitar el uso de concreto y no alterar el flujo natural del agua ni del suelo; c) La limpieza y protección de unas 300 hectáreas de bosque de manglar reactivaron el ecosistema, consolidándolo como refugio para más de 150 especies de aves autóctonas y migratorias.

Con la habilitación de más de tres kilómetros de senderos ecológicos, la ciénaga se convirtió en un atractivo para el senderismo, el avistamiento de aves y los deportes náuticos de bajo impacto. El proyecto vincula activamente a las poblaciones aledañas del corregimiento La Playa y el barrio Las Flores, capacitándolas en turismo sostenible y tecnificación de la pesca tradicional.

El entorno enfrenta discusiones debido al desarrollo de proyectos de vivienda de alta densidad en las cercanías, lo que exige un monitoreo estricto de las plantas de tratamiento de aguas para evitar nuevas filtraciones contaminantes al ecosistema protegido por la convención Ramsar.

Cartagena enfrenta hoy una discusión equivalente. La Ciénaga de La Virgen puede seguir siendo percibida como un problema que demanda atención permanente, o puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la resiliencia climática, diversificar la oferta turística y mejorar la relación de la ciudad con el agua. Lo que Seúl, Singapur, Guayaquil y Barranquilla tienen en común no es haber tenido más recursos, es haber tomado una decisión sobre el tipo de ciudad que querían construir. Las ciudades que aprendieron a convivir con el agua no lo hicieron únicamente por convicción ambiental, lo hicieron cuando entendieron que en el agua estaban parte de su resiliencia, de su competitividad y de su calidad de vida.

La red azul y quienes la sostienen

La Ciénaga de La Virgen no existe sola. Está conectada con la bahía de Cartagena a través del Caño Juan Angola, la Laguna de San Lázaro, la Laguna del Cabrero y la Laguna de Chambacú, conformando una red de cuerpos de agua que durante siglos hizo parte de la estructura natural de la ciudad. Vista de manera aislada, la ciénaga parece un ecosistema más dentro del territorio cartagenero, vista en conjunto con estos cuerpos de agua, aparece una posibilidad mucho más ambiciosa: la construcción de una red azul capaz de articular adaptación climática, espacio público, educación ambiental, turismo de naturaleza, avistamiento de aves y calidad urbana.

El Macroproyecto Parque Distrital Ciénaga de La Virgen, concebido sobre aproximadamente 3.300 hectáreas, representa una visión que sigue siendo plenamente vigente. Más que un proyecto ambiental, constituye una visión territorial capaz de articular conservación, calidad urbana y desarrollo sostenible alrededor de uno de los ecosistemas más importantes de Cartagena. La revisión del Plan de Ordenamiento Territorial que adelanta la ciudad es la oportunidad concreta para que esa visión deje de ser una promesa y se convierta en una decisión territorial vinculante.

La discusión de fondo no es únicamente ambiental, es una discusión sobre ciudad. Se trata de decidir si la ciénaga seguirá siendo percibida como un límite incómodo para la expansión urbana o si pasará a ser uno de los elementos que orienten la Cartagena del futuro.

Pero esa red no se sostiene solo desde los despachos. No disponer residuos sólidos en los canales que drenan hacia la ciénaga, denunciar rellenos ilegales ante EPA Cartagena o la Procuraduría General de la Nación, exigir a los operadores de alcantarillado sistemas de retención en los puntos de desembocadura y apoyar los emprendimientos comunitarios de ecoturismo en La Boquilla son acciones concretas sin las cuales ningún plan maestro funciona. La ciénaga también se cuida desde el barrio.

La ciudad merece la Ciénaga

Cartagena se prepara para recibir más visitantes, ampliar su conectividad aérea y seguir creciendo hacia el norte. Ninguna de esas transformaciones ocurrirá al margen de la Ciénaga de La Virgen. La revisión del POT será determinante para establecer si ese crecimiento incorpora al ecosistema como un activo estratégico de ciudad o si continúa tratándolo como una oportunidad pendiente.

La pregunta no es cuánto cuesta recuperarla, la pregunta es cuánto puede seguir perdiendo Cartagena al desaprovechar un ecosistema que, a pesar de las presiones que enfrenta, todavía manda flamencos.

Quienes fundaron esta ciudad entendieron desde el principio que su mayor riqueza no estaba únicamente en la tierra firme. La ciénaga estuvo aquí antes que los muros y puede estar aquí mucho después, si la ciudad aprende, de nuevo, a merecerla.

* Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.

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