América Latina, recursos y disciplinamiento

 07 Ene 2026 

Por Álvaro Viloria Romero *

El análisis de la incursión de Estados Unidos a Venezuela exige un marco teórico capaz de explicar continuidades históricas y lógicas estructurales del poder en América Latina. Más allá de narrativas coyunturales (crisis humanitaria, colapso institucional o defensa de la democracia), la intervención militar debe comprenderse como la expresión contemporánea de una arquitectura de dominación que articula varias dimensiones claves.

La incursión no es un hecho excepcional, sino la culminación coercitiva de un proceso prolongado de presión económica, diplomática y simbólica orientado a reconfigurar el control del excedente energético, mineral y tecnológico venezolano, asegurar la supremacía geoestratégica en el Caribe y disciplinar a América Latina en un contexto de transición del orden mundial. En este escenario, Colombia aparece como el principal espacio de externalización territorial del conflicto, mientras la región en su conjunto enfrenta una renovada subordinación.

Dependencia, sistema-mundo y Doctrina Monroe

La teoría de la dependencia explica cómo las economías latinoamericanas se insertan de manera subordinada en el capitalismo global, especializándose en la exportación de materias primas y quedando expuestas a la captura externa del excedente. Venezuela encarna esta condición, ya que su riqueza energética y mineral ha sido históricamente una fuente de renta disputada tanto en el plano interno como internacional.

El enfoque del sistema-mundo complementa esta lectura al situar a Venezuela (y a América Latina) en la periferia (países menos desarrollados que proveen materias primas y mano de obra barata) de una estructura jerárquica donde los Estados centrales (países industrializados y dominantes) buscan asegurar recursos, mercados y territorios estratégicos. En este marco, la coerción, incluida la militar, no es una anomalía, sino un mecanismo recurrente cuando los instrumentos económicos y diplomáticos no bastan para sostener la jerarquía.

La Doctrina Monroe opera como el andamiaje ideológico-geopolítico que traduce estas lógicas estructurales al espacio hemisférico. Desde su formulación en el Siglo XIX hasta sus reinterpretaciones contemporáneas, la Doctrina ha legitimado la idea de América Latina como zona de influencia exclusiva, donde la intervención se presenta como defensa del orden, la seguridad o la estabilidad. La Doctrina Monroe funciona como principio de disciplinamiento regional, habilitando la coerción cuando la autonomía amenaza el orden establecido.

Venezuela, riqueza natural y economía geopolítica

Venezuela concentra activos estratégicos de primer orden: posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (303 mil millones de barriles), importantes reservas de gas natural (200 mil millones de pies cúbicos), las mayores reservas de oro de América del Sur (10 mil toneladas), las mayores reservas de hierro del mundo (14.700 millones de toneladas), importantísimas reservas de diamantes (1.020 millones de quilates) y potenciales tierras raras. En la economía geopolítica contemporánea, estos recursos son vectores de poder, ya que sostienen la seguridad energética, la industria militar y la transición tecnológica (leer ‘Las tierras raras y la disputa por el poder en el Siglo XXI‘).

Desde la dependencia, la disputa central no es el recurso en sí, sino el control de la renta y su inserción en cadenas globales dominadas por el centro. Desde el sistema-mundo, el objetivo de la incursión sería recentralizar ese control en beneficio del núcleo hegemónico. Y desde la Doctrina Monroe, la intervención se justifica como restauración del orden hemisférico frente a desviaciones consideradas inaceptables.

La ubicación de Venezuela, con extensa costa caribeña y cercanía a rutas marítimas globales, la convierte en un nodo geográfico decisivo. Controlar Venezuela implica controlar flujos energéticos, comerciales y militares en el Caribe. Desde la geopolítica crítica, la militarización del espacio caribeño es la materialización territorial del monroísmo que propende por asegurar el orden hemisférico mediante control espacial.

Estados Unidos, hegemonía en crisis y reactivación monroísta

La política hacia Venezuela se inscribe en una crisis relativa de hegemonía debido a la competencia con China, a las vulnerabilidades en cadenas de suministro y a la creciente centralidad de minerales críticos. En este contexto, la reactivación monroísta adquiere sentido pues busca reafirmar el control del “patio trasero” para asegurar recursos, territorio y rutas.

La incursión no es un desvío del orden liberal, sino una actualización coercitiva de la Doctrina Monroe en clave de economía geopolítica: petróleo, minerales críticos y control del Caribe como pilares de la supremacía regional.

Las tierras raras, el disciplinamiento y el orden monroísta

La incursión podría tener efectos estructurales regionales. En la economía geopolítica del Siglo XXI, las tierras raras (insumos críticos para tecnologías digitales, energías renovables y sistemas militares) se han vuelto eje de la competencia global. América Latina posee reservas significativas (Brasil, Bolivia, Argentina, Chile y Venezuela), muchas aún subexploradas.

Las tierras raras amplían el extractivismo dependiente hacia la base material del capitalismo digital. Su control se vuelve un imperativo hemisférico y así cualquier intento de soberanía sobre estos recursos puede ser disciplinado.

La incursión funciona así como mensaje regional, es decir, que el control soberano de recursos estratégicos (energía, minerales críticos y tierras raras) fuera de la órbita hegemónica es sancionable. El resultado sería una fragmentación política, inhibición de proyectos de integración y consolidación de América Latina como reserva estratégica del sistema-mundo.

Cuando están en juego recursos estratégicos y control territorial, la coerción se normaliza. La incursión no es una excepción, sino la expresión regular de un orden que prioriza la jerarquía sobre el derecho.

Venezuela encarna la paradoja del Sur Global pues su riqueza natural, lejos de protegerla, intensifica la disputa y habilita la intervención.

Dominación y ordenamiento hemisférico

El análisis de la incursión de Estados Unidos a Venezuela desmonta las lecturas superficiales que reducen el conflicto a una crisis política interna o a un problema de gobernabilidad. Lo que emerge con claridad es una lógica estructural de dominación, en la que la riqueza natural, la ubicación geográfica y el control del territorio se convierten en factores determinantes del ejercicio del poder en el sistema internacional.

Venezuela aparece así como un caso paradigmático de la paradoja latinoamericana: su extraordinaria dotación de recursos estratégicos energéticos, minerales críticos y potenciales tierras raras no constituye una garantía de soberanía, sino un factor de vulnerabilidad geopolítica. En un orden mundial jerárquico, la abundancia de recursos en la periferia activa mecanismos de disciplinamiento que van desde la coerción económica hasta la intervención militar directa. La Doctrina Monroe, lejos de ser un vestigio del Siglo XIX, opera como principio vigente de ordenamiento hemisférico, proporcionando la legitimidad ideológica para estas prácticas.

Cuando el control del excedente, las rutas estratégicas y los insumos fundamentales del capitalismo contemporáneo se ven amenazados, la legalidad internacional cede ante la primacía de la fuerza.

Las consecuencias para Colombia y para América Latina podrían ser profundas y duraderas. Colombia asumiría los costos territoriales, sociales y políticos de una confrontación que no define, consolidando su papel subordinado dentro del esquema hemisférico. A nivel regional, la incursión reforzaría la fragmentación política, inhibiría proyectos de integración y enviaría un mensaje disciplinador inequívoco: cualquier intento de ejercer control soberano sobre recursos estratégicos fuera de los márgenes tolerados por el hegemónico puede ser sancionado.

Mientras la región continúe siendo concebida como reserva estratégica de materias primas, ahora extendida a los minerales críticos y las tierras raras del capitalismo digital, su riqueza seguirá traduciéndose en dependencia, conflicto y subordinación. Romper esta lógica exige más que resistencia coyuntural, pues requiere integración regional efectiva, soberanía sobre los recursos, control de las cadenas de valor y una redefinición profunda de las relaciones de poder hemisféricas.

Sin estos cambios estructurales, la Doctrina Monroe seguirá actualizándose bajo nuevos lenguajes y tecnologías, y la historia latinoamericana continuará repitiendo una constante trágica: la riqueza natural como condena geopolítica, y no como fundamento de un desarrollo autónomo y justo.

*Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.

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