LA BATATAZO

 Por Wilberto Peñarredonda      



A Vidal Eduardo tengo el placer de conocerlo desde niño, cuando agarrado de la mano de mi tía, llegábamos todos los lunes donde Adela, su finada madre, a ofrecerle las pólizas de la Joyería Nuevo Estilo.
Su mamá era una señora trabajadora y de temple, características innatas de la mujer sabanera, que se desvivía por darle lo mejor a su unigénito. Quizás por eso lo crío sobreprotegido, y por el antecedente de que cuando éste estaba recién nacido, una fuerte gastroenteritis casi lo arrebata de su seno. Y gracias, según ella, a la fé que le procesaba al Cristo de La Villa de San Benito Abad, su hijo se logró salvar. A partir de ése hecho, durante casi dos años como retribución al milagro, nuestro amigo usó el cabello largo a manera de rizos. Una vieja foto tomada donde Lora, que permanecia en la pared de su sala, quedó como constancia de la manda proferida por Adela.
La cercanía de su vivienda con el sector de la Isla de Cuba, prácticamente la tenía a la vuelta, le ayudó mucho para socializar en su etapa de la pubertad. Ahí, ya con vello facial en su rostro y alternando sus actividades como llantero al lado de Peyo Peñate. Y estudiando bachillerato en el Liceo Vélez nocturno, 
hizo amistad con Roberto Palencia, Walter Figueroa, Rafael Ramírez, Chicho y Pocholo Viñas, los Fábregas, Gilito Tapia. 
Y conoció a la patota del Pretil de Don Marce, donde hizo empatía con Mario Caravelini, mi primo, por el tema de la tauromaquia. 
No había fiesta en corraleja llevada a cabo en las poblaciónes circunvecinas a Magangué, donde el gordo Vidal no estuviese presente. Su presencia en horas de la mañana chiflándole a Mario en la puerta de mi casa, ataviado de mocherete de jean, guayos de fútbol y unas percudidas medias hasta las rodillas. Además de boina roja, a lo Ché Guevara, y chaleco. Para irse a garcipolear, como decía mi abuela, a las corralejas, fueron la constante en los finales de los ochenta y casi toda la década de los noventa.
Andando con Roberto, que era díscolo, amante de la rumba y chicanero, empezó a inmiscuirse en la vida nocturna. Y era común verle en las verbenas, donde aprendió a bailar con versatilidad ritmos como la champeta, salsa y el infaltable vallenato. En ése rol, asistían con frecuencia la famosa Sede en el barrio Versalles. Una vieja casona de la familia Rodríguez, dueños del Picó El Watussy. Sitio donde todos los fines de semana prendían la portentosa máquina, dizque para calentarla. Y al final, por la asidua concurrencia de público, terminó siendo uno de los bailaderos más famosos de la época. 
Ante la ruidosa propaganda que tenía la Sede, una noche sabatina me puse de acuerdo con Basi Comas y en compañía del finado Jairo Manjarrez, fuimos a parar a la popular casona de madera y zinc Apolo, enclavada en pleno corazón de llaverso. Estaba a reventar y en medio de la oscuridad, matizada en neón. El sofocante calor por tanta aglomeración, donde pululaba un fuerte olor a sobaquina, cerveza y cigarrillo, divisamos a Tipuqui, como también era conocido Vidalito, en compañía de su inseparable amigo Roberto y par peladas a su lado. Basi, más burlón que el Guasón, apenas lo vió, se cagó de la risa y le hicimos, mientras nos tomábamos unas frías, seguimiento a sus andanzas. La fémina que tenía el robusto hijo de Adela, nos llamó la atención por su contextura física. De estatura media, cabello crespo corto, con un vestido corto en denim azul que le dejaba entrever una fornida y sudorosa espalda, que armonizaba con unas rollizas piernas del grosor de esas butacas estilo Luis XVI. Zarandeaba a Vidalito, al compás del Akien Special del famoso cantautor africano Prince Mbarga, de un lado a otro.
De repente y a la altura del solo de guitarra que caracteriza al tema y que los versados champeteros denominan el perreo, la muchachona se separó de su pareja con la mano en la boca. Y en un rincón de la pista de baile, se fue en vómito. Vidalito ipso facto, salió a auxiliarla y después de susurrarle al oído, fue 
en busca de una soda con Alka Seltzer para amainar su malestar. La pócima no dió resultado y después de muchos intentos por parte de Vidal, para que ésta se quedara. La BATATAZO, como fue bautizada con el tiempo, se retiró en compañía de su amiga, dejándolos viendo un chispero con la cuenta.

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