RETORNO AL CAMPO

Por David Fontalvo Baquero * 
      Ingeniero Civil, escritor y poeta

Sentado en la ante sala del tránsito municipal, estaba Antonio esperando turno para comparecer por un comparendo que le impusieron y que además, le inmovilizaron la moto en una de las vías, que de la vereda conduce a la cabecera municipal.
Antonio era oriundo y vivia en  El Casabe, un caserío ubicado en las riberas de la ciénaga donde tenía una parcela heredada de sus padres, en la que antes, trabajaba día tras día en el quehacer agropecuario.
El es un hombre de mediana estatura, manos fuertes y piel  trigueña, que se le notaba el trabajo bajo el sol.
Se sentía incómodo por la situación, ya que él nunca había estado en estas diligencias y mucho menos que lo estuvieran acusando de una falta por incumplir la ley.
Le había tocado el turno 32 y no habían comenzado a llamar,  porque las audiencias iniciaban a las 8:00 am y  Antonio había llegado temprano como era su costumbre, a las 6:10 de la mañana; el salía de su pueblo todos los días a las 4:00 de la mañana hacia la ciudad a trabajar de moto taxi. 
De pronto se escucha la voz del vigilante, informando que habrá un retraso en las audiencias, por  un trancon debido a un accidente  y los encargados de realizalas quedaron bloqueados en la congestión vehicular. 
Los minutos pasaban y sumido en sus pensamientos, Antonio sentía que estaba perdiendo el tiempo con tanta cosa que podía hacer en su parcela si la estuviera trabajando, además, recordaba con algo de nostalgia y arrepentimiento, el día que su amigo Manuel del Cristo le aconsejó que vendiera los animales y se comprara una moto: compadre Antonio, venda  esos animales, que ese lechero gana más que ud y sin tener tierra...pero que voy a hacer Manuel, respondió Antonio....Ud vende esas vacas y se compra una moto para hacer carreras allá en la ciudad, eso es fácil...le decía su amigo.
Antonio, que tenía tres hijos en época escolar, tenía una situación económica que apenas le alcanzaba y en la parcela trabajaba sin técnica ni asesoría, solo con su conocimiento empírico. 
David Fontalvo Baquero

El, que había escuchado el consejo de su compadre vendio las cuatro vacas, se compro la moto y comenzó a trabajar en la ciudad dejando la tierra de 10 hectáreas a merced del tiempo.
Todo parecía bien con la moto, veía el dinero diariamente y pensaba que eso sería así todo el tiempo. Llegaron más motos de personas como él, que también creyeron que la ciudad sería más fácil, como le había dicho su consejero y amigo Manuel. La competencia bajó los ingresos, la moto requería mantenimiento, los combustibles subían de precio, nuevas restricciones de las autoridades que no podían entrar a ciertos sectores, etc...y además, debía pagar un seguro, casco reglamentario en vez de un sombrero "concha é jobo", en fin una cantidad de cosas que en el campo no se necesitaban.
Luego de un tiempo de espera, por fin, informa el vigilante que iniciarían las audiencias y comenzaron a llamar por turnos. La mayoría de las personas que salían de las entrevistas, traían en su rostro, una expresión de  desconsuelo y de tristeza.
Luego se oye el alta voz ...32...era el turno de Antonio y  pasó a la oficina de atención a comparecer. 
Antonio, con susto y preocupación, escucha al encargado leer el informe que sustentaba el comparendo emitido por el agente de tránsito, motivo de la audiencia, que decía que la infracción era: no tener casco, falta de seguro, sin tarjeta de propiedad de la moto, sin revisión tecnomecánica, sin licencia de conducción, lo que generaba una multa costosa, además de tener que cumplir y presentar todos los requisitos de ley, para poder autorizar la circulación de vehículos motorizados y le entregaran su moto que estaba inmovilizada. Todo eso, costaba más que la moto.
Terminada la audiencia, sale Antonio con gran tristeza y preocupado, pensando en su familia y el futuro inmediato...de que viviría?
Para regresar a El Casabe, su tierra natal, Antonio  consigue que el conductor de la buseta le fíara el pasaje.

Ya en su casa con su mujer, Antonio le cuenta todo lo ocurrido, la pérdida de la moto y la deuda que le quedó con el tránsito municipal.
Días mas tarde y después de haber mejorado su estado de ánimo con el apoyo de su esposa Josefina,  Antonio estaba sentado como de costumbre, en el frente de su casa y  en su taburete, estaba esperando el amanecer con una taza de café, cuando escucha un saludo: buenos días Antonio como amanecieron....era su amigo Luis Miguel, quien era profesor de primaria del colegio y su amigo de infancia, que  luego de conversar y enterarse Luis Miguel de lo sucedido, le da animo y le dice: Antonio, tú aún tienes lo más importante que es la tierra, que si no sirve para ganado,  sirve para yuca, si no para maíz, la tierra sirve para todo, hasta para enterrar al dueño. 
Con ese apoyo moral le informa además, que el tiene un amigo que lo podría asesorar a montar un proyecto para explotar la tierra.
Fue así, como Antonio conoció al amigo  del profesor Luis Miguel, el ingeniero Alejandro y este lo asesoro en las diferentes fuentes de ingreso que podía obtener de la parcela, si la manejaba y atendía con orden y cumpliendo algunos requisitos de cada labor que se iba a  adelantar.
Con el paso del tiempo, Antonio con la asesoría del ingeniero, fueron logrando un avance permanente en la consolidación de una granja autosuficiente y productiva, lo que lo hizo pasar de sobrevivir a prosperar, con el concurso de varios actores de la vida cotidiana.
Sentado en la ante sala del tránsito, turbado, aturdido por el impacto de ese comparendo, Antonio nunca imagino que ese golpe de la vida, sería la chispa que arrancaría el motor que lo impulsaría a lograr la prosperidad. 
La tierra es un gran motor de desarrollo, solo tenemos que aprender a encenderla y manejarla.

* DAVID FONTALVO BAQUERO 
Nació en Sincelejo, Sucre, Colombia. Ingeniero civil. Es un apasionado por la poesía y se ha dedicado a cultivarla: para rendir un homenaje al amor, a la naturaleza y a la vida integral; inspirándose en lo circundante y en las vivencias, y apelando a la imaginación y a la memoria, en aras de sembrar algunas semillas que coadyuven a la consecución de un mundo mejor.

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