EE.UU., Donald Trump y Groenlandia
16 Ene 2026

Por Álvaro Viloria Romero *
En agosto de 2019, una noticia inusual capturó la atención de la comunidad internacional: el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había expresado un serio interés, confirmado posteriormente por él mismo, en la compra de Groenlandia.
Aunque la propuesta fue rápidamente desestimada por el gobierno danés como un “absurdo”, el episodio trascendió la anécdota para revelar una profunda corriente estratégica en la política exterior estadounidense. Sin embargo, lejos de ser un incidente aislado, este interés no solo persistió, sino que ha escalado en su retórica y alcance.
En el contexto de la campaña electoral de 2024 y ya en su segundo mandato, Trump ha transitado desde la oferta de compra a plantear acuerdos de inversión masiva y, en su expresión más reciente y alarmante, no ha descartado el uso de la fuerza militar para asegurar el control total sobre la isla, según declaraciones recogidas por la prensa internacional.
Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, se encuentra así en el epicentro no solo de transformaciones geoeconómicas, sino de una potencial crisis de seguridad que desafía los fundamentos de las alianzas occidentales.
Groenlandia, ubicación estratégica y recursos naturales

Groenlandia es la isla más grande del mundo con 2.16 millones de Km2, fue colonia danesa y hoy es un territorio autónomo bajo la soberanía de Dinamarca, ubicada en el Ártico. Un territorio inmenso con 57 mil habitantes, con la mayoría de las ciudades y pueblos en la costa oeste, con el 81% del territorio cubierto de hielo. Cerca del 90% de su población es de origen inuit y tiene la pesca como principal actividad económica.
El valor de Groenlandia para Estados Unidos se asienta sobre tres pilares fundamentales que justifican, desde una lógica de poder puro, el interés extremo: su ubicación geoestratégica, sus vastos recursos naturales inexplorados y las oportunidades generadas por el cambio climático.
Primeramente, desde una perspectiva de defensa, Groenlandia es un ‘portaaviones’ natural e inmutable. La Base Aérea de Thule (Pituffik), la instalación militar estadounidense más al norte es crítica para el sistema de alerta temprana de misiles balísticos.
En un contexto de competencia con Rusia y China, el control indisputado de esta plataforma se percibe como un imperativo existencial. Su ubicación entre EE.UU. y Europa la vuelve muy estratégica, ya que se encuentra en la brecha GIUK, que es un corredor clave que conecta el Ártico con el Atlántico Norte siendo central para el control militar y comercial.
Este ‘pasillo’ oceánico actúa como un punto de estrangulamiento naval fundamental, ya que es la principal vía de acceso para que las flotas (especialmente submarinos) salgan del Ártico y de las bases navales del norte de Rusia hacia el océano Atlántico.
Seguidamente, el subsuelo groenlandés alberga recursos estratégicos, particularmente petróleo, gas y minerales de tierras raras, esenciales para la tecnología militar y civil de vanguardia, actualmente dominados por China.
Finalmente, el deshielo abre nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a estos recursos, transformando la región de un remanso glacial a un teatro de operaciones global.
Esta convergencia de factores convierte a Groenlandia en un activo de valor incalculable, una percepción que, en su visión más extrema, podría llevar a considerar todas las opciones para asegurarlo.
Historia del interés y evolución hacia la coerción (2019-2026)

El interés de Trump tiene raíces históricas: los intentos de Seward en 1867 y Truman en 1946, pero su evolución reciente marca un punto de inflexión peligroso. Tras el rechazo a la compra en 2019, el discurso se refinó hacia ‘alternativas’ pragmáticas por el periodo presidencial iniciado en 2025: acuerdos de inversión masiva y una asociación estratégica exclusiva que marginara a China.
No obstante, sus últimas declaraciones a la prensa, en las que no descartó el uso de la fuerza militar, representan una escalada cualitativa sin precedentes en la historia de las relaciones entre aliados de la -Organización del Tratado del Atlántico Norte -OTAN. Esta retórica trasciende la presión diplomática o la negociación económica para adentrarse en el territorio de la amenaza coercitiva. Ya no se presenta como una mera transacción comercial (“está en venta”) o una asociación preferente (“abierta a negocios”), sino como un objetivo de seguridad nacional cuyo control podría, en una lógica de realpolitik extrema, justificar la acción unilateral.
Esta evolución (de la compra a la inversión, y de la inversión a la insinuación de fuerza) revela una radicalización del discurso que normaliza la idea de que la soberanía de un aliado es negociable bajo la presión de los intereses estratégicos estadounidenses.
Reacciones de los actores, de la perplejidad a la alarma

Las reacciones iniciales de 2019, marcadas por el rechazo indignado, han dado paso, ante esta nueva escalada verbal, a un estado de profunda alarma y reevaluación estratégica.
– Dinamarca y la OTAN: Para Dinamarca, aliado fundacional de la OTAN, la insinuación del uso de la fuerza es una afrenta inconcebible. Ataca el principio fundamental de la Alianza, que es la defensa colectiva y la inviolabilidad de la soberanía territorial entre sus miembros. Dinamarca se vería obligada a invocar los Artículos 4 y 5 del Tratado de Washington ante una amenaza de un aliado, una paradoja que fracturaría la OTAN desde su núcleo. La reacción ya no sería de indignación diplomática, sino de movilización política y militar dentro de la Alianza.
– Groenlandia: Para el gobierno y la sociedad groenlandesa, esta retórica transforma por completo el cálculo. Las «oportunidades económicas» se tiñen de la sombra de la coerción. El debate sobre la independencia y el desarrollo se ve envenenado por la amenaza de una imposición militar. Fortalece, paradójicamente, los sentimientos antiestadounidenses y podría empujar a Nuuk a buscar protectores alternativos o a aferrarse más a Dinamarca y la UE como escudos contra el unilateralismo de Washington.
– Unión Europea y comunidad internacional: La UE vería confirmados sus peores temores sobre el abandono del orden internacional. Una acción de este calibre sería percibida como un acto de agresión contra un territorio asociado a la UE (Groenlandia es territorio de ultramar). La respuesta sería una unión sin precedentes en contra de EE.UU., con sanciones políticas y económicas, y la aceleración dramática de la autonomía estratégica europea. El Consejo de Seguridad de la ONU se vería paralizado por un conflicto entre dos miembros permanentes aliados (EE.UU. vs. los respaldos de Francia/Reino Unido a Dinamarca).
Implicaciones geopolíticas
La mera insinuación de la fuerza militar por parte de una figura de primer nivel redefine el escenario con implicaciones catastróficas, que traería:
Fin de la cooperación en el Ártico: Destruiría irrevocablemente los frágiles mecanismos de cooperación ártica, como el Consejo del Ártico, y desataría una carrera abierta por el territorio y los recursos. Rusia y China podrían usar el precedente estadounidense para justificar sus propias acciones coercitivas en la región, llevando a una militarización total y un riesgo extremo de incidentes.
Muerte de la OTAN: La Alianza Atlántica no sobreviviría intacta a una amenaza de fuerza de un miembro contra otro, ya que se produciría una división irreparable entre Estados Unidos y sus aliados europeos, llevando potencialmente a la disolución de la arquitectura de seguridad occidental construida desde 1949. La credibilidad de la OTAN ante otras amenazas, como la rusa, quedaría aniquilada.
Legitimación de la ley del más fuerte: Sentaría un precedente global devastador, el cual es que las potencias pueden reclamar territorios de aliados por interés estratégico, mediante coerción de fuerza y militar. Esto erosionaría los principios de soberanía e integridad territorial que sustentan el orden internacional desde 1945, legitimando las anexiones por la fuerza en cualquier lugar del mundo.
Aislamiento estratégico de EE.UU.: Lejos de asegurar sus intereses, Estados Unidos se encontraría en un aislamiento político y estratégico profundo, ya que perdería sus bases más importantes de influencia (Europa), cedería la iniciativa moral y política a sus rivales, y vería cómo sus acciones reactivan súbitamente cualquier actividad o hasta una coalición en su contra.
Conclusiones
El interés de EE.UU. y Donald Trump en Groenlandia ha evolucionado de una peculiar propuesta de compra en 2019 a una amenaza velada de uso de la fuerza militar en el discurso actual. Este trayecto no es una mera anécdota de la política exterior estadounidense, constituye un síntoma de una aproximación sediciosa y peligrosa que sitúa el interés nacional definido de manera unilateral por encima de todo principio de alianza, soberanía y derecho internacional.
Las implicaciones de contemplar la opción de fuerza y militar contra el territorio de un aliado son de una magnitud histórica. No se limitan a una disputa bilateral por una isla, sino que conllevan la potencial destrucción de la OTAN, la militarización irreversible del Ártico y la legitimación de un nuevo paradigma de relaciones internacionales basado en la coerción pura.
Para Groenlandia, este discurso transforma su sueño de independencia en una pesadilla geopolítica donde su territorio se convierte en un botín disputado. Para Dinamarca y Europa, es una llamada de atención definitiva sobre la necesidad de prepararse para un mundo en el que su principal aliado histórico puede convertirse, bajo ciertas doctrinas, en una fuente de inestabilidad existencial.
En última instancia, el caso de Groenlandia deja de ser una curiosidad estratégica para convertirse en un ‘casus belli’ discursivo contra el orden occidental. Revela que la mayor amenaza para la estabilidad del Ártico y la cohesión transatlántica podría no provenir únicamente de los desafíos externos, sino de la adopción, desde adentro, de una lógica de poder que desprecia los mismos cimientos sobre los que se ha construido la seguridad y la prosperidad de sus miembros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El desenlace de esta argumentación, incluso si nunca se materializa en acción, ya ha infligido un daño profundo a la confianza y a los principios que sostienen el mundo liberal.
Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.
Comentarios