Cartagena de Indias, un patrimonio en la línea del frente climático
14 Feb 2026

Por Álvaro Viloria Romero *
Cartagena de Indias, joya colonial colombiana y patrimonio de la Humanidad, enfrenta una paradoja existencial. Mientras sus murallas históricas han resistido asedios de piratas y batallas por la independencia, hoy se encuentran vulnerables a un enemigo más silencioso y omnipresente: el cambio climático.
En los últimos tiempos la ciudad ha vivido sus episodios más dramáticos, con lluvias torrenciales que inundaron más del 40% de su área urbana, afectando a más de 100 mil personas y causando pérdidas materiales que han superado miles de millones de pesos.
En febrero de 2026, un frente frío sin precedentes azotó el litoral cartagenero con un mar de leva que devastó playas e infraestructura costera, llevando a la Administración Distrital a declarar la calamidad pública y anunciar el ambicioso ‘Plan Defensa Costera Cartagena 2050’.
Estos eventos no son aislados sino parte de un patrón creciente que evidencia cómo Cartagena se ha convertido en un símbolo de la vulnerabilidad urbana frente a la crisis climática. Con el 90% de su territorio a menos de dos metros sobre el nivel del mar y una economía fuertemente dependiente del turismo y el comercio portuario, la ciudad encarna los desafíos que enfrentarán cientos de ciudades costeras en las próximas décadas.
El Cambio Climático, una realidad en ascenso
El aumento del nivel del mar constituye la amenaza más tangible para Cartagena. Estudios del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras -Invemar – indican que la ciudad experimenta una de las tasas de aumento más aceleradas del Caribe, con 7,02 mm por año, cifra que duplica el promedio global.
Este fenómeno no es una proyección lejana, sino una realidad que ya transforma el paisaje costero. En barrios como Bocagrande el mar avanza entre 0,5 y 1 metro anualmente, comprometiendo infraestructura hotelera de alto valor y espacios públicos emblemáticos. La playa de Castillogrande, por ejemplo, ha perdido más del 60% de su ancho en la última década, requiriendo costosas intervenciones de recuperación artificial que apenas palían el problema temporalmente.
La erosión costera se manifiesta con particular crudeza en la desaparición de playas naturales. La Isla de Tierrabomba, frente a Cartagena, ha visto reducida su línea costera en más de 100 metros en algunos sectores durante los últimos 20 años. Este proceso no solo afecta al turismo -que representa aproximadamente el 30% de la economía local – sino que destruye ecosistemas de manglar que actúan como barreras naturales contra tormentas y huracanes.
El reciente frente frío de febrero de 2026 evidenció la magnitud del problema: sectores como El Laguito, Castillogrande, Marbella, La Boquilla y Barú sufrieron graves afectaciones en su infraestructura costera y alteraciones severas en el borde playero, con la desaparición de parte del carreteable que conecta con Playetas en Barú debido a la socavación marina . La degradación de los ecosistemas, según investigaciones de la Universidad de Cartagena, reduce la capacidad de amortiguación costera en un 40%, exponiendo directamente a comunidades humanas.
Las inundaciones, sin embargo, constituyen el impacto más recurrente y socialmente disruptivo. Cartagena sufre inundaciones crónicas en más de 27 sectores identificados como de alto riesgo, donde viven aproximadamente 120 mil personas, principalmente en condiciones de pobreza. El barrio de Olaya, en la zona suroriental de la ciudad, se inunda en más del 80% de los eventos de lluvia intensa, con agua que permanece estancada por días y se mezcla con aguas servidas debido al colapso del alcantarillado. Estas inundaciones no son meramente «eventos climáticos» sino crisis humanitarias recurrentes que destruyen pertenencias, propagan enfermedades como el dengue y la leptospirosis, y perpetúan ciclos de pobreza al dañar viviendas y medios de subsistencia.
Causas, factores contribuyentes y vulnerabilidades estructurales
La vulnerabilidad de Cartagena tiene raíces tanto naturales como antropogénicas. Geológicamente, la ciudad experimenta un hundimiento del terreno que acelera los efectos del aumento del nivel del mar. Estudios del Servicio Geológico Colombiano indican que factores tectónicos y volcánicos, sumados a la subsidencia por las cargas de las moles de concreto, causan un hundimiento relativo de aproximadamente 2-3 mm anuales. Este fenómeno, aunque menos conocido que el aumento del nivel del mar, añade un componente crítico a la ecuación de riesgo.
La planificación urbana históricamente deficiente ha exacerbado esta vulnerabilidad natural. Cartagena creció de manera desordenada durante el Siglo XX, rellenando ciénagas y manglares para expandir la mancha urbana. Más del 60% de los barrios informales de la ciudad se asientan sobre estos terrenos ganados al agua, que ahora se hunden y retienen inundaciones. El Canal del Dique, una obra de ingeniería colonial que desvía las aguas del Río Magdalena hacia la Bahía de Cartagena, aporta anualmente más de 200 millones de toneladas de sedimentos que colmatan la Bahía, reduciendo su capacidad de drenaje y aumentando la recurrencia de inundaciones.
La degradación ambiental sistémica completa este círculo vicioso. La Bahía de Cartagena recibe diariamente toneladas de aguas residuales sin tratamiento adecuado, mientras que la deforestación en la cuenca del Canal del Dique incrementa la sedimentación. La contaminación no solo afecta la salud humana y los ecosistemas, sino que reduce la resiliencia natural de la ciudad. Los corales, que amortiguan el impacto de las olas, están decayendo a un ritmo del 3-5% anual debido al aumento de temperatura y acidificación del agua, según monitoreo del Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo.
Respuestas y acciones, entre la planificación y la implementación
Frente a esta realidad, Cartagena ha desarrollado instrumentos de planificación ambiciosos, aunque su implementación enfrenta importantes desafíos. El Plan 4C (Cartagena Competitiva y Compatible con el Clima), lanzado en 2014, fue pionero en América Latina al adoptar un enfoque integral de adaptación climática. Este plan identificó 35 medidas prioritarias, desde la recuperación de ecosistemas costeros hasta la modernización del sistema de drenaje pluvial, con una inversión estimada inicial de 2 billones de pesos. Sin embargo, evaluaciones independientes del Centro de Estudios para el Desarrollo Sostenible -CEID – indican que demasiado poco de estas medidas se han implementado plenamente, debido principalmente a limitaciones presupuestales y cambios administrativos.
La actualización del Plan Integral de Gestión del Cambio Climático Territorial en 2022 representó un avance conceptual significativo al incorporar enfoques basados en ecosistemas y justicia climática. El Plan reconoce explícitamente que las comunidades más vulnerables -afrodescendientes, habitantes de barrios informales – deben ser prioridad en las intervenciones. Entre sus proyectos emblemáticos está la restauración de mil hectáreas de manglar en la Ciénaga de la Virgen, que no solo captura carbono, sino que proporciona protección costera a barrios aledaños. No obstante, este proyecto avanza lentamente debido a conflictos de tenencia de tierra y presiones de desarrollo inmobiliario.
El anuncio del ‘Plan Defensa Costera Cartagena 2050’ en febrero de 2026 marca un punto de inflexión en la respuesta institucional. Activado mediante el Decreto 0037 de 2026 que declara la Calamidad Pública y Urgencia Manifiesta, este Plan de Acción Específico contempla una inversión cercana a los $80 mil millones para ejecutar más de diez intervenciones estructurales en puntos críticos del litoral. El Plan incluye la construcción de espolones, escolleras longitudinales y rellenos de playas en sectores como el Túnel de Crespo, Marbella y El Cabrero para disipar la energía del oleaje y recuperar el perfil costero. También contempla obras de protección en Castillogrande, la reconstrucción del carreteable en Playetas (Barú) mediante pedraplenes, y la estabilización de taludes en barrios de alta vulnerabilidad geotécnica como San Bernardo de Asís, 9 de Abril, Las Brisas, Paulo VI, Bosquecito, Torices y Nelson Mandela.
Sin embargo, persisten interrogantes sobre la sostenibilidad de estas obras y su integración con enfoques basados en ecosistemas. Mientras el Concejo Distrital ha advertido sobre la reducción presupuestal para protección costera en 2026 -de $24.177 millones en 2025 a solo $200 millones proyectados – el nuevo plan opera bajo declaratoria de emergencia, lo que permite acelerar contrataciones pero plantea múltiples desafíos de seguimiento a largo plazo.
La creación de infraestructura verde constituye otra línea de acción promisoria. El Parque del Cielo Abierto, inaugurado en 2023 en el barrio El Pozón, transformó un basurero clandestino en un espacio de cinco hectáreas que absorbe agua de lluvia y reduce el efecto de isla de calor urbana.
Estos proyectos, sin embargo, son aún insuficientes en escala frente a la magnitud del desafío. La teoría de la adaptación transformacional, promovida por investigadores de la Universidad de Cartagena, argumenta que las soluciones técnicas deben complementarse con cambios institucionales profundos, incluyendo la reforma de la gobernanza del agua y la inclusión formal de las comunidades en la toma de decisiones.
En fín, es una carrera contra el tiempo histórico
Cartagena se encuentra en una encrucijada histórica. Los datos son contundentes: sin intervenciones significativas, para 2040 el aumento del nivel del mar podría inundar permanentemente el 20% de la ciudad, desplazando a más de 200 mil personas y causando pérdidas económicas anuales equivalentes al 15% de su PIB local. El reciente frente frío y la respuesta mediante el ‘Plan Defensa Costera 2050’ demuestran que la Administración Distrital ha comprendido la urgencia, pero también evidencian que la ciudad juega un permanente «partido de recuperación»: actuando después de la emergencia, en lugar de prevenirla con planificación de largo aliento.
El desafío principal radica en transitar de la respuesta reactiva a la planificación preventiva, priorizando intervenciones que combinen soluciones de ingeniería con restauración ecológica, y que antepongan la protección de los más vulnerables.
Como señaló el alcalde Dumek Turbay, «el cambio climático no se discute, se enfrenta». Pero enfrentarlo requiere no solo infraestructura, sino también voluntad política sostenida, financiación consistente y participación ciudadana efectiva. Las advertencias del Concejo Distrital sobre la reducción presupuestal para 2026 y la necesidad de un Plan Maestro de Drenaje Pluvial subrayan que las soluciones estructurales deben ir acompañadas de compromisos fiscales de largo plazo.
La experiencia de Cartagena ofrece lecciones cruciales para otras ciudades costeras: primero, que la adaptación climática no es un lujo sino una necesidad económica y de supervivencia; segundo, que la justicia climática debe ser el principio rector de toda intervención; es significativo que el Plan Defensa Costera 2050 incluya explícitamente barrios populares como Nelson Mandela en sus obras de estabilización; y tercero, que la colaboración entre Gobierno, academia, sector privado y comunidades es no solo deseable, sino esencial.
La protección de Cartagena trasciende la preservación de un patrimonio turístico; se trata de defender el derecho a la ciudad de sus habitantes, particularmente de aquellos cuyas voces han sido históricamente marginadas. Las murallas que una vez defendieron la ciudad de invasores ahora necesitan ser complementadas con defensas igualmente robustas contra las aguas que crecen: murallas de manglar, sistemas de drenaje inteligentes, obras de infraestructura costera bien planificadas, y sobre todo, la muralla más poderosa de todas: la de una ciudadanía informada, organizada y resiliente, capaz de exigir y construir el futuro compatible con el clima que Cartagena merece y necesita urgentemente.
El tiempo, como las aguas, avanza implacablemente, y cada día de inacción profundiza la vulnerabilidad de La Heroica. El ‘Plan Defensa Costera 2050’ es un paso necesario, pero solo el primero de muchos que deberán venir.
* Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.
Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.
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