Por Wilberto Peñarredonda Ya existía el antecedente, cuando en la primera hora de clases impartida por Pablo Tovar Bernal, rector del Instituto Técnico Cultural Diocesano en el año 1982, iracundo e interrumpiendo su cátedra de Español, con la jeta llena de cachaza y acompañado de un gesto de fastidio y displicencia, nos llamaba la atención a Pipe Barcha y a mí, por estar cagados de la risa mientras que él, tiza en mano y con una apariencia física idéntica a la del Señor Paz, el irreverente director del Riverdale High School en el paquito de Archi, hablaba del gerundio y el participio.
Ni la advertencia de Pomponio, apodo que César Ponce había encasquetado de salida al exseminarista español que oficiaba de rector del reconocido plantel, fueron óbice para que el combo de alumnos de sexto grado de bachillerato, hoy undécimo, dejáramos la guachafita a la que estuvimos acostumbrados durante todo el periodo lectivo. Aún no logro entender, el por qué habíamos adoptado la bendita costumbre, de que mientras algún profesor estaba dictando clases, alguien en medio del murmullo ambiental gritaba cualquier barrabasada, que era precedida de una algarabía por el resto de compañeros. Fernán Beltrán, el licenciado encargado de enseñarnos química, en una ocasión se pilló la jugada y le metió un parón, en su caracteristico lenguaje todo coletón, a Gustavo Arrieta, quien se quiso pasar de vivo. Luego vino el famoso plequepleque con Gustavo Domínguez, profesor de Filosofía, al que le dibujamos una monumental peinilla de pacorita marca Vandux, a todo lo largo y ancho del tablero. Y cuya acción desencadenó una airada reacción de éste. Sometiéndonos a un examen oral de una pregunta, basado en el análisis literario del Método de Descartes. Nadie lo ganó, todo el mundo sacó uno. Y él, para ahorrarse el trabajo de calificar individualmente, tomó una regla y trazó una sola linea en su libreta de control.
Ante esa situación, andábamos pisando blandito, hasta que un día llegó la inesperada noticia de que un familiar muy cercano a una de nuestras compañeras, había fallecido trágicamente y que por orden expresa de Pomponio, teníamos que asistir al funeral en el barrio San José. Bien pristicos, término que Ricardo Hernández utilizaba como sinónimo de elegancia, y apretujados en el bus escolar, llegamos corona fúnebre en mano, al velorio.
Pomponio, luciendo su tradicional guayabera blanca con ribetes azules entretejidos que atravesaban lateralmente su voluptuosa barriga, y un pantalón corte sastre de color turquí. Se paró, con cara de aflicción, junto con otros maestros al lado del féretro. Mientras que él grupo de alumnos, en fila india, avanzamos para ver el rostro del finado. Da la casualidad y para colmo de males, que delante de mi iba la uva del Pipe. Cuando ya nos tocó el turno, Barcha con el rabillo del ojo miró
al finado a través de sus finos lentes. Repartió la vista hacia Pomponio, que le quedó a boca de jarro, e intespectivamente agueitó hacia mi. Y ahí fue el papelón, como dicen los argentinos. Ya que el hijo del finado Héctor Barcha, enrojecido no pudo aguantar la risotada, de ver la cara del rector con los ojos cerrados y haciendo muecas de llanto con un aromado pañuelo blanco en la nariz. Y de verme a mi, que con señas nasales le insitaba a la burla. Menos mal que Pomponio no se la pilló, sino esa acción hubiese significado la causal de imposición para una matrícula condicional, o en el peor de los casos, una expulsión definitiva por causa de la TRAICIONERA RISOTADA.
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