La ofensiva en Irán y la reconfiguración del orden global

 

 03 Mar 2026 AnálisisNoticias Principales  Comentarios desactivados

Por Álvaro Viloria Romero *

La madrugada del 28 de febrero de 2026 marcará un antes y un después en la historia de Oriente Medio y las relaciones internacionales. La operación militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, bautizada como ‘Epic Fury’ (Furia Épica), no fue un ataque más en la larga lista de escaramuzas y tensiones que han definido la región.

Fue una tormenta perfecta que fusionó los objetivos estratégicos de largo plazo de Israel, las necesidades políticas internas de un presidente estadounidense y una reconfiguración geopolítica global que tiene a China en el centro del tablero. Lo que comenzó como una crisis nuclear se ha transformado en una confrontación existencial, cuyas ondas expansivas amenazan con derribar no solo al régimen de los ayatolás, sino también los cimientos del derecho internacional y el equilibrio de poder en el Siglo XXI.

1.- El fracaso de la diplomacia y la sombra de la guerra

Para comprender la magnitud de esta ofensiva, es crucial desmontar la narrativa que la precede. Durante meses, Estados Unidos e Irán estuvieron inmersos en conversaciones mediadas por Omán, buscando un resquicio para revivir un acuerdo nuclear que había sido enterrado años atrás. Sin embargo, como señalan varios analistas, estas negociaciones pudieron haber sido completamente una cortina de humo, evidenciando que Estados Unidos e Israel ya habían perdido toda esperanza en la vía diplomática. El masivo despliegue militar estadounidense en la región, incluyendo dos portaaviones, era la prueba fehaciente de que la opción militar estaba sobre la mesa, independientemente de los resultados en Ginebra.

El asesinato del líder supremo, Ayatolá Ali Khamenei, en los primeros compases del ataque, confirma que el objetivo ya no es simplemente ‘contener’ o ‘congelar’ el programa nuclear iraní, si no que se trata de un claro objetivo de cambio de régimen. Esta acción rompe con las reglas no escritas de la confrontación que habían prevalecido durante décadas, donde, a pesar de la retórica incendiaria, se evitaba cruzar la línea de la decapitación del liderazgo enemigo. Al hacerlo, Estados Unidos e Israel han abierto una ‘caja de Pandora’, sentando un precedente peligroso donde la inviolabilidad de los líderes soberanos queda supeditada a la voluntad de las potencias militares.

2.- Los actores y sus motivaciones: Una convergencia de intereses y divergencias

La ofensiva conjunta no debe interpretarse como un bloque monolítico. Aunque EE.UU, e Israel comparten el objetivo de neutralizar a Irán, sus motivaciones y visiones a futuro presentan matices cruciales.

Israel, la búsqueda de la ‘Seguridad Absoluta’ y la trampa a su aliado

Para el primer ministro Benjamin Netanyahu, esta operación es la culminación de una obsesión de tres décadas. Desde su discurso en la Asamblea General de la ONU en 2012, donde mostró un diagrama de una bomba, Netanyahu ha trabajado incansablemente para vender la idea de un Irán existencialmente peligroso para Occidente. El objetivo israelí va más allá de lo nuclear; busca un ‘efecto ventana rota’, demostrando que el territorio iraní es tan penetrable como lo fue Siria, destruyendo el mito de la invulnerabilidad de la República Islámica y acelerando su colapso económico y social interno.

Sin embargo, existe una capa más profunda y maquiavélica en la estrategia israelí. Históricamente, Israel ha buscado «forzar la trampa» (manipular y activar un mecanismo de engaño) a Estados Unidos, arrastrándolo a una confrontación directa para no tener que lidiar solo con sus enemigos. Al limitar las opciones estratégicas de Washington entre la escalada o la humillación, Netanyahu ha logrado lo que ni siquiera sus poderosos lobbies pudieron garantizar: la participación militar abierta y directa de la superpotencia estadounidense en un conflicto diseñado en Jerusalén. La lógica es perversa pero efectiva: Estados Unidos se desangra en recursos y prestigio en Oriente Medio, mientras Israel cosecha los dividendos estratégicos.

Estados Unidos, entre la coerción, la política interna y el espectro de China

La decisión del presidente Donald Trump de lanzar esta ofensiva responde a un cálculo de tres vértices. En primer lugar, la «negociación coercitiva», es decir, táctica del uso de fuerza limitada para mejorar la credibilidad y fortalecer la posición negociadora. Trump, un negociador nato, buscaba una victoria rápida y decisiva que le permitiera presentarse como el estadista de paz que doblegó a Irán, mejorando así su imagen interna en un momento de baja popularidad.

En segundo lugar, está la política doméstica. Una operación militar exitosa en el extranjero suele actuar como un catalizador del patriotismo y un distractor de los problemas internos. Sin embargo, las encuestas iniciales muestran una América cansada de la guerra: solo un 27% de los estadounidenses aprueba los ataques, y las protestas en Times Square y frente a la Casa Blanca recuerdan el fantasma de Irak y Afganistán . El escepticismo en el Congreso, incluso entre republicanos, sobre la capacidad de lograr un cambio de régimen solo con ataques aéreos, subraya el riesgo político que Trump ha asumido.

El tercer vértice, y quizás el más importante a largo plazo, es China, es decir, que expresado con claridad, «la cuestión iraní es, en realidad, la cuestión china”. Desde esta perspectiva, Irán no es solo un Estado rebelde, sino un activo estratégico estructural de Pekín. China es el principal comprador del petróleo iraní (alrededor del 90% de sus exportaciones), un socio tecnológico clave (con Huawei y ZTE construyendo su infraestructura de vigilancia) y un aliado diplomático en foros como la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS. Al atacar Irán, Estados Unidos busca cortar este nudo gordiano, la idea es simple pero ambiciosa: si Irán cae o se ve forzado a un giro pro-occidental, China perdería su socio estratégico en el Golfo Pérsico. Estados Unidos podría entonces redirigir sus recursos militares, actualmente atados en Oriente Medio, hacia la contención de China en el Indo-Pacífico, el verdadero escenario de la competencia geopolítica del Siglo XXI. La travesía por el Pacífico, para Estados Unidos, comienza en Teherán.

3.- Implicaciones globales, un mundo más peligroso y fragmentado

Las consecuencias de esta ofensiva se extienden como ondas en un estanque, desestabilizando no solo una región, sino el orden global en su conjunto.

Riesgo de conflagración regional incontrolable

El peligro más inmediato es que el conflicto se salga de control. A diferencia de los intercambios de golpes de 2024 y 2025, que fueron limitados y calibrados, la participación conjunta de EE. UU. e Israel y la magnitud de los ataques reducen drásticamente el espacio para una escalada controlada. La represalia iraní, que ya incluye ataques contra la Quinta Flota de EE. UU. en Baréin, podría desencadenar una guerra de procuración total en Líbano, Siria, Irak y Yemen. Lo que comienza como una serie de ataques quirúrgicos puede degenerar rápidamente en una guerra regional total donde la lógica de la disuasión da paso a la lógica de la supervivencia.

Impacto en el mercado energético y la economía global

Irán es un actor fundamental en el mercado energético. La crisis ya ha provocado una volatilidad inmensa en los precios del petróleo, y un conflicto prolongado podría dispararlos más, asestando un golpe letal a una economía global que aún se recupera de choques anteriores. La interrupción del flujo de petróleo iraní, gran parte del cual se dirige a China, obligaría a Pekín a recurrir a sus reservas estratégicas y acelerar su transición energética, pero a corto plazo, la inflación importada y la incertidumbre castigarían a todas las economías, incluida la estadounidense y la europea.

La reacción de la comunidad internacional y el declive de las normas

La respuesta global ha sido de condena y alarma, pero también de una profunda impotencia. Mientras Rusia califica los ataques de «agresión armada premeditada e injustificada» y la UE pide moderación, la ONU se ha mostrado incapaz de ir más allá de las declaraciones. La falta de una acción contundente del Consejo de Seguridad subraya la parálisis de las instituciones multilaterales.

Esta crisis acelera el retorno a un orden internacional de «ley de la selva», donde la fuerza bruta prevalece sobre el derecho. Para muchos países, especialmente en el Sur Global, esto refuerza la necesidad de buscar alternativas al orden liderado por Occidente. El bloque BRICS, con China y Rusia a la cabeza, se presenta como un contrapeso atractivo basado en el respeto mutuo y la no injerencia, lo que paradójicamente fortalece la posición de Pekín como un poder responsable y estabilizador, aunque sea en la retórica.

4- ¿Hacia un nuevo equilibrio o el caos permanente?

La ofensiva militar en Irán es un punto de inflexión. Es una jugada de alto riesgo con la que Estados Unidos e Israel buscan reescribir el mapa de Oriente Medio y, de paso, frenar el ascenso de China. Sin embargo, la historia reciente está plagada de ejemplos donde la guerra preventiva y el cambio de régimen generaron consecuencias no deseadas mucho peores que el mal que pretendían curar.

Al destruir el estado iraní sin un plan claro para el día después, Washington y Jerusalén corren el riesgo de crear un vacío de poder que podría ser llenado por un caos aún mayor, milicias más radicales o una guerra civil devastadora que desangre la región durante décadas. Lejos de asegurar el flanco oriental para concentrarse en China, podrían haber creado un nuevo y perpetuo atolladero en Oriente Medio que drene la sangre y el tesoro estadounidense, justo lo que deseaban evitar.

El costo podría ser una inestabilidad crónica que afecte a cada ciudadano del planeta a través de la inflación energética y la amenaza de una guerra a gran escala. La comunidad internacional se encuentra ante un dilema: aceptar el nuevo orden impuesto por la fuerza o buscar desesperadamente una vía diplomática que, tras la muerte de Jamenei, parece más lejana que nunca.

El mundo se asoma a un abismo. La vía diplomática, aunque herida de muerte, sigue siendo la única alternativa a una catástrofe de proporciones bíblicas. La comunidad internacional, liderada por potencias con capacidad de influir como China, debe redoblar sus esfuerzos para forzar un alto el fuego y un retorno a la negociación, antes de que la tormenta en el desierto se convierta en un huracán que no deje a nadie a salvo.

Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.


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