Cartagena entre la prosperidad y la exclusión

  01 Dic 2025 

Ciudad global, desigualdad local

Por Álvaro Viloria Romero *

Cartagena de Indias ocupa un lugar privilegiado en la geoeconomía del Caribe colombiano. Su puerto de clase mundial, su Centro Histórico declarado Patrimonio de la Humanidad y su creciente industria turística la proyectan como una ciudad global competitiva, capaz de atraer inversión extranjera y generar indicadores macroeconómicos envidiables. Sin embargo, esta imagen de prosperidad convive con profundas brechas sociales y territoriales que cuestionan la sostenibilidad y equidad de su modelo de desarrollo.

La llamada ‘paradoja cartagenera’: crecimiento económico acelerado junto a niveles persistentes de pobreza y desigualdad, no es producto de circunstancias coyunturales, sino de estructuras históricas, institucionales y espaciales que han moldeado la ciudad desde su origen colonial.

Cartagena necesita transformar su modelo de desarrollo hacia uno verdaderamente inclusivo, donde la riqueza generada no se concentre en pocos sectores y territorios, sino que se traduzca en bienestar sostenible para toda su población.

Pobreza y desigualdad, configuración histórica de una ciudad dual
Las desigualdades de Cartagena se expresan de manera territorial y estructural. En el corredor turístico y portuario: Bocagrande, Castillogrande, Manga, Crespo y zonas de expansión urbanística del norte, se concentran los mayores ingresos, infraestructuras sofisticadas y oportunidades de empleo formal.

A poca distancia, en barrios como Olaya Herrera, Nelson Mandela, El Pozón, Blas de Lezo o sectores insulares como Barú, Tierrabomba, Ararca y Santa Ana, persisten déficits notables de servicios públicos, hacinamiento, ausencia de títulos de propiedad y vulnerabilidad ambiental.

Este patrón no es fortuito. Es la manifestación contemporánea de una estructura socioespacial originada en la colonia, cuando la explotación, la esclavitud y la segregación racial y funcional establecieron jerarquías que siguen moldeando la distribución de oportunidades.

La pobreza multidimensional -según mediciones del DANE y organismos internacionales como ONU-Hábitat – se resiste a disminuir en los territorios más excluidos, donde convergen carencias en educación, salud, vivienda y empleo.

La desigualdad tiene también un rostro étnico: la población afrodescendiente, que constituye más del 40% de los cartageneros, afronta los mayores índices de pobreza, informalidad laboral y desnutrición infantil.

Así, Cartagena funciona como una ciudad partida: una economía de enclave altamente integrada al mercado global y, simultáneamente, una periferia relegada que vive bajo lógicas de subsistencia.

Derechos fundamentales convertidos en privilegios. Educación, reproducción intergeneracional de las brechas
El sistema educativo cartagenero evidencia la persistencia del círculo de la desigualdad. Mientras las élites acceden a colegios privados bilingües con currículos internacionales, la mayoría de los niños y jóvenes de la ciudad estudian en instituciones con déficits de infraestructura, libros, laboratorios y docentes especializados.

La baja cobertura en Educación Superior y la escasa oferta técnica y tecnológica limitan el ascenso social e impiden a los jóvenes insertarse en sectores de alto valor agregado.

Salud, un sistema fragmentado que profundiza la exclusión
El modelo de aseguramiento en salud muestra fallas estructurales: barreras de acceso, negación de servicios, saturación hospitalaria y ausencia de atención preventiva. En los barrios periféricos, enfermedades respiratorias, vectores tropicales, desnutrición y mortalidad materno-infantil se mantienen como indicadores críticos, reflejando no solo fallas del sistema sino también condiciones ambientales degradadas, falta de alcantarillado y exposición a inundaciones.

Empleo, informalidad como condición estructural
El mercado laboral de Cartagena se caracteriza por la informalidad masiva, especialmente entre mujeres, jóvenes y población afrodescendiente. El turismo, aunque dinámico, genera empleos temporales, mal remunerados y sin protección social. La falta de alternativas formales impulsa la participación en economías ilícitas y aumenta la vulnerabilidad social, alimentando ciclos de criminalidad, endeudamiento y precarización.

Un modelo de desarrollo con límites estructurales. Dependencia del turismo
La economía cartagenera depende de un modelo turístico que, aunque rentable en términos macroeconómicos, no redistribuye la riqueza de manera equitativa. Gran parte de los beneficios se concentra en cadenas hoteleras, inversionistas externos y operadores internacionales. Esta dependencia exacerba la inflación del suelo, desplaza a familias de zonas centrales y aumenta la precarización del empleo.

Falta de diversificación e innovación
Pese a su potencial, Cartagena ha avanzado poco en diversificar su base económica hacia sectores de mayor valor agregado como la economía del conocimiento, la logística avanzada, la biotecnología marina, las industrias culturales o la economía circular.

La inversión en ciencia, tecnología e innovación es mínima, y la ausencia de articulación entre universidades, Estado y empresas limita la creación de clústeres productivos competitivos.

Corrupción y gobernanza fragmentada
La corrupción estructural afecta todos los niveles de la administración local: contratación, infraestructura social, educación y salud.

Escándalos reiterados en el manejo de recursos públicos han minado la confianza ciudadana y desestimulado la inversión privada seria. La inestabilidad política -con múltiples alcaldes destituidos o investigados en las últimas décadas – ha impedido la continuidad de políticas de largo plazo.

Hacia un modelo de desarrollo inclusivo y sostenible
Superar la paradoja cartagenera exige un cambio de paradigma que se oriente hacia la equidad, la diversificación productiva y la redistribución real de oportunidades.

Algunas estrategias clave incluyenPacto fiscal y social para la inclusión: Destinar de manera prioritaria recursos públicos y privados a proyectos de alto impacto: acueductos rurales, centros educativos de excelencia, clínicas de primer nivel – en los territorios históricamente marginados. Revolución educativa y formativa: Implementar un sistema local de educación técnica y tecnológica gratuito, articulado con los sectores estratégicos de la ciudad, que garantice empleabilidad y movilidad social. Gobierno abierto y transparencia radical: Establecer sistemas digitales en tiempo real para el seguimiento del presupuesto, con auditoría social vinculante y sanciones ejemplares contra la corrupción. Diversificación económica y sostenibilidad: Impulsar sectores emergentes: economía azul, industrias creativas, biotecnología, logística avanzada, con incentivos a la innovación, alianzas universidad-empresa-Estado y fortalecimiento del capital humano local. Turismo comunitario y responsable: Reorientar el modelo hacia estrategias que valoricen la cultura local, generen empleo digno y garanticen que la riqueza producida permanezca en las comunidades anfitrionas.

Transformar Cartagena implica derribar las murallas invisibles que perpetúan la desigualdad.

Solo con un desarrollo realmente inclusivo, en el que la prosperidad deje de ser privilegio de unos pocos, la ciudad podrá convertirse en una urbe equitativa, resiliente y socialmente cohesionada, acorde con su potencial histórico y su papel estratégico en el Siglo XXI.

Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.

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