Venezuela, Estados Unidos y el Caribe

21 Dic 2025 

Por Álvaro Viloria Romero *

Economía política, geografía estratégica y disputas de poder
El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela constituye uno de los escenarios más complejos y reveladores de la geopolítica contemporánea en América Latina. Con frecuencia, este enfrentamiento ha sido presentado en términos simplificados: una disputa ideológica entre modelos políticos opuestos o un problema exclusivamente interno derivado de la crisis venezolana. Sin embargo, una mirada desde la economía política internacional, las relaciones internacionales y la geografía estratégica permite comprender que este conflicto es, en realidad, una expresión concreta de tensiones estructurales más amplias del sistema mundial.

La extraordinaria riqueza natural de Venezuela -petróleo, gas, oro, hierro y diamantes – revela un patrón histórico persistente: los territorios con mayores reservas estratégicas suelen convertirse en espacios de disputa, intervención y presión externa. En el contexto actual, marcado por la crisis relativa de hegemonía de Estados Unidos, la reconfiguración del orden global y la competencia entre grandes potencias, Venezuela y el Mar Caribe adquieren una importancia estratégica renovada. Este escenario no solo afecta a los actores directamente involucrados, sino que tiene impactos profundos sobre la Región, particularmente sobre Colombia, que se ve atrapada entre la confrontación geopolítica y sus propias limitaciones estructurales.

Recursos estratégicos y poder estructural
Desde la perspectiva de la economía política internacional, los recursos naturales no son simples mercancías, sino fuentes de poder económico, político y geoestratégico. El petróleo, el gas y los minerales estratégicos son fundamentales para el funcionamiento del sistema capitalista global, la seguridad energética de los Estados y el desarrollo tecnológico e industrial.

Venezuela ocupa una posición singular dentro de este sistema: posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (más de 300 mil millones de barriles), importantes reservas de gas natural (200 mil millones de pies cúbicos), las mayores reservas de oro de América del Sur (10 mil toneladas), las mayores reservas de hierro del mundo (14.700 millones de toneladas) e importantísimas reservas de diamantes (1.020 millones de quilates). Esta abundancia ha definido históricamente su modelo económico, basado en el extractivismo y la renta petrolera. Si bien este modelo permitió durante décadas financiar al Estado y sostener políticas sociales, también generó una profunda dependencia de los mercados internacionales y de los precios de las materias primas.

Desde una mirada crítica, esta dependencia ha limitado la diversificación productiva y ha hecho a Venezuela especialmente vulnerable a los ciclos económicos globales y a la presión externa. En este sentido, las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos no pueden entenderse únicamente como medidas políticas, sino como instrumentos de coerción económica estructural, orientados a debilitar la capacidad del Estado venezolano para administrar y distribuir la renta de sus recursos estratégicos.

La economía política del conflicto revela que la disputa central no gira solo en torno al régimen político venezolano, sino al control de la renta energética y mineral, elemento clave para la acumulación de capital y el poder estatal en el sistema internacional.

Estados Unidos y la crisis de hegemonía
Desde el campo de las relaciones internacionales, la política de Estados Unidos hacia Venezuela debe analizarse en el marco de una crisis relativa de hegemonía. Aunque sigue siendo una potencia central, Estados Unidos enfrenta múltiples desafíos: el ascenso de China como potencia económica global, la resurgimiento de Rusia como actor geopolítico, el endeudamiento estructural de su economía y una profunda polarización social y política interna.

En este contexto, América Latina vuelve a adquirir relevancia estratégica como espacio tradicional de influencia. Venezuela, por su riqueza energética y su ubicación geográfica, representa un desafío particular al orden regional históricamente dominado por Washington. El acercamiento venezolano a potencias extranjeras hemisféricas ha sido percibido como una amenaza directa a los intereses estadounidenses, lo que explica en parte la intensidad de la presión diplomática, económica y militar ejercida sobre el país.

Desde el realismo en relaciones internacionales, este comportamiento responde a la lógica de preservación del poder y de contención de actores rivales. Desde una perspectiva crítica, sin embargo, revela cómo el discurso de la democracia, los derechos humanos y la seguridad regional puede ser utilizado como marco legitimador de estrategias de control económico y geopolítico.

Venezuela y el Mar Caribe
La geografía constituye un elemento central para comprender la magnitud del conflicto. Venezuela no solo es rica en recursos, sino que posee una ubicación geoestratégica privilegiada: una extensa costa sobre el mar Caribe, proximidad al territorio estadounidense y acceso directo a rutas marítimas claves para el comercio global.

El Mar Caribe ha sido históricamente un espacio de disputa entre potencias. En la actualidad, funciona como corredor estratégico para el transporte de petróleo y gas, zona de proyección naval y militar y plataforma de control geopolítico sobre América Central y el norte de Suramérica.

Controlar el Caribe implica controlar flujos de energía, comercio y seguridad regional. Desde esta perspectiva, la presencia militar estadounidense en la Región no es un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia de dominio territorial ampliado. Venezuela, al ocupar un lugar central en este espacio, se convierte en un nodo clave dentro del sistema geopolítico regional.

La geografía, por tanto, no es un factor neutral, sino una condición estructural del conflicto, que explica tanto el interés externo como la intensidad de las tensiones.

Colombia como espacio de externalización del conflicto
Colombia ocupa una posición particularmente delicada dentro de esta dinámica. Como país fronterizo con Venezuela y aliado estratégico antiquísimo de Estados Unidos, se convierte en un actor subordinado pero central dentro del conflicto regional.

Impacto económico y social: La migración venezolana ha tenido efectos profundos en Colombia. Millones de personas han cruzado la frontera en busca de mejores condiciones de vida, generando presiones significativas sobre los sistemas de salud, educación y empleo. Este fenómeno evidencia cómo las crisis geopolíticas producen costos sociales asimétricos, que recaen de manera desproporcionada sobre los países vecinos.

Si bien la migración también ha aportado mano de obra y dinamismo económico en ciertos sectores, su gestión ha puesto en evidencia las limitaciones estructurales del Estado colombiano y la fragilidad de su modelo de desarrollo.
Impacto geopolítico y de seguridad: En términos de relaciones internacionales, Colombia ha mantenido, de vieja data, una alineación estrecha con Estados Unidos, lo que condiciona su política exterior y reduce su margen de maniobra diplomática. Esta alineación refuerza la lógica de bloques y dificulta la construcción de soluciones regionales autónomas al conflicto.

La frontera colombo-venezolana se ha convertido en un espacio de alta conflictividad, marcado por la militarización, la presencia de economías ilegales y el abandono estatal. Desde una perspectiva geográfica, estas regiones fronterizas funcionan como territorios de sacrificio, donde se materializan las tensiones del sistema internacional.

Soberanía, dependencia y orden mundial
Desde una mirada crítica, el caso venezolano pone de manifiesto las tensiones entre soberanía nacional y dependencia estructural en América Latina. La abundancia de recursos estratégicos, lejos de garantizar autonomía, ha intensificado la presión externa y la disputa por el control del Estado y del territorio.

Este escenario también revela las limitaciones de los países latinoamericanos para construir proyectos de desarrollo soberanos y coordinados. La falta de integración regional y la dependencia de las potencias externas perpetúan un modelo en el que la región sigue siendo proveedora de materias primas y escenario de disputas ajenas.

La economía política del conflicto muestra que las sanciones, la presión diplomática y la militarización no son anomalías, sino herramientas estructurales del sistema internacional contemporáneo.

En conclusión
El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela no puede entenderse como un problema aislado ni exclusivamente político. Se trata de una disputa estructural en la que convergen la economía política internacional, las relaciones de poder y la geografía estratégica. Venezuela, por su extraordinaria riqueza natural y su ubicación en el Caribe, ocupa un lugar central en la competencia por recursos, influencia y control territorial.

Estados Unidos, en un contexto de crisis hegemónica, busca preservar su dominio regional y limitar la proyección de actores rivales. Colombia, por su parte, asume gran parte de los costos sociales, económicos y geopolíticos de esta confrontación, sin ser un actor decisorio central.

Comprender esta crisis exige reconocer que el problema no radica únicamente en las decisiones de los gobiernos, sino en la forma estructural en que América Latina se inserta en el sistema mundial. Sin mayor integración regional, soberanía económica y control estratégico del territorio, la región continuará siendo escenario de conflictos que responden más a intereses globales que a las necesidades de sus pueblos.

Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP; Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción.

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.

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