ECHÉ, PERO SI YO VENÍA BIEN, OYE!!
Apenas llegaban a La Princesa del Río, su casa ubicada en la calle 17 y vecina del rancho del finado Marcelianito Arrieta Amell, parecía un albergue infantil. Ya que en ella hacíamos presencia todos sus amigos para tirar risa de los acontecimientos más destacados del momento.
Alberto Soracá, Álvaro Meza Amell, los hermanos Freddy y Frank Baldovino, Peyo Téllez, El Poeta Sarabia y yo, sin descartar uno que otro esporádico que se asomaba en aras de conseguir la liga de aguinaldo. Durante esos días de vacaciones, formábamos la alharaca hasta altas horas de la noche, en el ante jardín del amplio inmueble.
El 31 de diciembre del año en mención, Jorge inventó mandar a lavar su carro, un Mazda Alegro color azul cromado que había cambalacheado con su hermano Horacito, en el reconocido lavadero de Ramiro Palencia ubicado en la antigua Loma de Toña. A esa vuelta realizada en horas de la tarde, fuimos Albertico, Meza Amell, Frank, Peyo Téllez como chofer designado, Jorge y yo. Cuando llegamos a nuestro destino, el lavadero estaba full y tres turnos antecedían el asignado a Jorge. Por lo que nos chantamos plácidamente en unas rudimentarias butacas, debajo de una media agua que ornaba el entorno, a tomar cervezas para irnos ambientarnos un poco, de lo que sería la gran noche de fin de año.
Pasaron las horas y ya entré oscuro y claro, y algo chispoletos por el efecto de las afris, como dice Guilo Perez, Ramiro hizo entrega de las llaves del auto impecablemente reluciente a Peyo para que lo sacara del lavadero. El octogenario chofer de mil batallas se acomodó al frente del volante, y luciendo unas gafas de aumento empotradas en un marco metálico a lo Marlon Brandon, bajó el vehículo de la rampla, que a escasos metros tiene un busto de la Virgen del Carmen encaramitada en una base de concreto de casi dos metros de alto.
Cuando el esposo de la finada Zenaida González quiso hacer el zig zag para esquivar a la virgen, sus reflejos fallaron y el cachete derecho de la parte delantera del carro, se lo sampó a la esquina de la base del monumento.
El estruendo fue estridente y sacó del letargo cervecero a todos los que estábamos ahí presentes. Al acercarnos, evidenciamos que el mapolazo había estortillado una de las lámparas del Mazda, que según su dueño el costo de reparación ascendía a casi un millón de pesos.
Peyo atolondrado dentro del auto y mostrando una tenue y nerviosa sonrisa que se vislumbraba en sus desgastados incisivos, parecidos a un confitico de menta ya chupado. Sólo se limitó a decir: "¡ECHÉ, PERO SI YO VENÍA BIEN, OYE!!

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