Protección Costera de Cartagena, contradicciones e incertidumbre

  12 Oct 2026 

Por Álvaro Viloria Romero *

Cartagena de Indias enfrenta una encrucijada existencial donde el Mar Caribe, que durante tres siglos fungió como aliado defensivo a través de baluartes y espolones coloniales, se ha transformado en su amenaza más apremiante.

El Proyecto de Protección Costera, estructurado como la respuesta estatal frente al aumento del nivel del mar y la erosión antrópica, revela profundas contradicciones.

Lejos de constituir una solución integral, la obra expone un modelo de adaptación climática fragmentado, caracterizado por falencias técnicas de diseño, asimetrías en la justicia espacial y una preocupante desarticulación institucional.

Un análisis riguroso de esta megaobra exige trascender la simple evaluación de la infraestructura para cuestionar el paradigma de gobernanza, el impacto patrimonial y la viabilidad oceanográfica a largo plazo.

Falencias conocidas y geometría del desastre

La vulnerabilidad costera de Cartagena no es un fenómeno exclusivamente natural, sino un desastre socionatural manufacturado por décadas de urbanismo extractivista que desecó cuerpos de agua y alteró la dinámica litoral. Sobre esta base de fragilidad sistémica, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres -UNGRD- impuso un modelo de mitigación fundamentado en la ingeniería dura, marginando el rigor científico en favor de la viabilidad económica a corto plazo.

Las advertencias sobre las deficiencias epistémicas del proyecto fueron tempranas y sistemáticamente ignoradas. Expertos locales como el ingeniero Alfredo Pineda Corena y el oceanógrafo Jairo Aguilera Quiñones alertaron reiteradamente sobre la ausencia de una interventoría técnica robusta durante la fase de diseño.

El retiro de la firma holandesa Van Oord Dredging del proceso licitatorio, argumentando la inviabilidad técnica de los diseños originales, debió constituir un punto de inflexión, pero no fue así, el Estado avanzó con una ejecución marcada por el desconocimiento de las condiciones oceanográficas locales, como la deficiencia de sedimentos y la alta energía del oleaje.

El empirismo técnico quedó al descubierto con el frente frío de febrero de 2026, fue así como en el tramo crítico de la Avenida Santander, entre Marbella y El Cabrero, el oleaje rebasó la protección construida.

La evidencia física validó las críticas de la academia, en el sentido de que las estructuras lineales perpendiculares implementadas resultaron inoperantes frente al embate frontal de las olas, demostrando que, sin las antiguas estructuras en forma de «T» construidas hace medio siglo, el colapso vial habría sido irreversible.

Estos «adicionales improvisados» y fallos de diseño reflejan una gobernanza donde la urgencia técnica suple la planificación estratégica.

Justicia espacial y la biopolítica de la exclusión

Desde la ecología política urbana, el Proyecto de Protección Costera opera bajo lógicas de gentrificación climática y exclusión socioespacial.

La inversión de más de $245 mil millones se ha focalizado en blindar el clúster inmobiliario y turístico de alta plusvalía, configurando una biopolítica del desastre donde el Estado decide qué sectores merecen ser salvados y cuáles quedan a merced de la erosión.

El contraste territorial es agudo, mientras en Bocagrande se celebra la entrega de la Playa 2 (ensanchada para beneficiar a cientos de actores turísticos), la morfodinámica costera cobra su factura mediante el «efecto dominó».

Las playas 4 y 5 experimentan una acelerada erosión debido a espolones ineficientes que alteran la deriva litoral sin atrapar sedimentos, forzando un ciclo económicamente insostenible de dragados recurrentes.

Simultáneamente, zonas residenciales vulnerables como El Laguito han sido excluidas de planes de mitigación como ‘Defensa Costera 2050’, dejando cimientos y piscinas expuestos a la socavación directa, omisión estatal esta que ha derivado en medidas desesperadas e ilegales por parte de los residentes, quienes han recurrido al relleno de playas con escombros de construcción.

El proyecto no solo externaliza el riesgo hacia periferias históricamente marginadas, sino que expone la incapacidad del Estado para distribuir equitativamente la resiliencia climática a lo largo de sus 6,2 kilómetros de intervención litoral.

Patrimonio, paisaje y los límites de la adaptación

Más allá de la infraestructura y la distribución del riesgo, el proyecto plantea un conflicto directo con la identidad patrimonial de la ciudad. El paisaje costero del Centro Histórico enfrenta una alteración irreversible, pues la construcción de escolleras y rompeolas interrumpe la visual limpia hacia el mar, un componente fundamental del Sitio Patrimonio de la Humanidad.

Ya ha sido advertido por el movimiento ‘Cartagena Primero’ a través de biólogos como Pablo Siegert, y como lo ha reseñado la Unesco respecto al impacto portuario en las fortificaciones, la infraestructura de mitigación corre el riesgo de convertirse en un vector de degradación paisajística y patrimonial.

A largo plazo, la obstinación por mantener estática la línea de costa mediante el vertimiento continuo de arena y la superposición de rocas constituye una medida de maladaptación. El diseño actual es física, mecánica y fiscalmente insostenible frente a las proyecciones aceleradas del aumento del nivel del mar.

La resiliencia futura de Cartagena exige abandonar la soberbia antropocéntrica de la ingeniería dura y de la gobernanza para transitar hacia Soluciones Basadas en la Naturaleza (SbN) y hacia la asimilación ineludible del retroceso planificado en las zonas de mayor riesgo.

Hay que repensar la defensa de la ciudad

La protección costera de Cartagena de Indias es, en su estado actual, una intervención paliativa plagada de fracturas institucionales y técnicas.

Repensar la defensa de la ciudad requiere un modelo de gobernanza que integre el rigor oceanográfico, la protección del patrimonio visual y la equidad territorial; y proteger el borde litoral no puede justificar la exclusión de comunidades enteras, la perpetuación de diseños fallidos que ignoran el conocimiento científico local, ni el sacrificio del paisaje histórico.

La ciudad debe decidir si continuará librando una batalla reactiva e insostenible contra el Caribe, o si reconfigurará su metabolismo urbano para coexistir adaptativamente con el mar.

* Ingeniero civil, especialista en Análisis y Gestión Ambiental, Gerencia Pública, Consultoría Ambiental y Gerencia de Proyectos de Construcción. Gerente de Proyectos de Enterritorio SA y exgerente de Aguas de Bolívar SA-ESP;

Las opiniones expresadas por el autor de esta columna no reflejan necesariamente las de la institución donde trabaja.


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